La gente de bien y buen gusto en Yucatán
Salvando al fuego, columna de Enrique Vera: La gente de bien y buen gusto en Yucatán
Decía Pierre Bourdieu que las prácticas culturales se convierten en signos distintivos de clase. La cultura contribuye a legitimar las diferencias sociales hasta el grado de normalizarlas.
Como bien explica el sociólogo francés: “no basta con tener dinero para acceder a ciertos espacios culturales: se necesita también poseer capital cultural —como saber cómo comportarse en un museo o apreciar cierto tipo de arte— y capital social; es decir, formar parte de redes que legitiman ese acceso”.
Partiendo de la premisa bourdieuana: ¿cómo se establece el acceso a la cultura en Yucatán? ¿Cómo se configura el capital social y cultural en una ciudad como Mérida? Si hay algo que pude notar después
de muchas noches errantes, cafés y conversaciones con diferentes personajes de la escena local (todas ellas muy interesantes a su manera), es un cierto desencanto con el estado actual de la escena.
Entre los comentarios más recurrentes en estas conversaciones está el hecho de que muchos negocios con alguna propuesta relacionada con la música o las artes en general no terminan por ser negocio, lo cual muchas veces imposibilita su viabilidad. “La frase de ‘Haz compitas y compitas’ está chingona, pero yo no veo a muchos de esos que van de buenaondita apoyando los negocios de otros camaradas”, comenta uno de ellos.
Es cierto: si algo se necesita para construir una escena es un sentido de colectividad y pertenencia. Muchas veces, los espacios culturales en Mérida o son lugares que duran una o dos canciones —y tomarse algo no es para todos— o son espacios endogámicos revestidos de un clasismo hipócrita (se dice y no pasa nada) que no permite el encuentro, la batición de diferentes sensibilidades y experiencias. Solo basta con ir a la inauguración de alguna exposición de cierto circuito cultural para darse cuenta: siempre van los mismos. Mucha pose, mucha foto aesthetic; poca alma y contenido.
Otro elemento a considerar es el reproche generacional (injusto a mi parecer) que se les hace a esos grupos poblacionales denominados “jóvenes”. Se dice que los jóvenes no aprecian la cultura, las artes;
que no escuchan “música como la de antes”. Pero ¿en general, la gente tiene tiempo y recursos para la cultura?
Vivimos en sociedades precarias, donde mucha gente solo quiere llegar a su casa a dormir después de una larga jornada de trabajo. ¿Ir a un concierto? ¿A qué hora? Aparte, ¿cuánto cuesta ir a un concierto
en Mérida? Es ridículo el latrocinio de las boleteras, aquí y en todas partes.
Por último, la desigualdad en el acceso a servicios públicos entre el norte y el sur de la ciudad es palmaria. Las distancias y los tiempos que tiene que hacer un joven del sur de la ciudad en transporte público
para asistir a un evento cultural (por lo general en el norte) obstaculizan las ganas de participar.
En una época marcada por el discurso de la productividad incesante, el ocio ha sido marginado a la idea de tiempo muerto o improductivo. Vivimos en tiempos donde hay personas que se sienten culpables por
no hacer nada, por no ser productivas. Sin embargo, como recordaba Bertrand Russell, el tiempo que uno disfruta desperdiciar no es tiempo desperdiciado. El ocio no es lujo: es alimento. Y en la búsqueda de sociedades más justas y más dignas, necesitamos que la gente tenga derecho a tener tiempo: tiempo para el ocio, para la cultura, para el juego, para cultivar los afectos.
