Andrés Ceja, el niño de los plumones
Salvando al fuego, columna de Enrique Vera: Andrés Ceja, el niño de los plumones
“Siempre pinté mucho. Recuerdo que siempre de niño me regalaban libretas y colores. Eran mis juguetes”, dice Andrés para después invitarme dos bebidas sin repercusiones: “¿Agua o Coca Light”? Algún día hablaré sobre las personas que prefieren la Coca Light a la tradicional.
Andrés Ceja es un pintor nato. De aquellos para los cuales el pincel o el lápiz es una extensión más de su cuerpo. “Recuerdo que por eso siempre fui el niño de los plumones”. Una descripción que emana una personalidad. “Lo único, eso sí, es que no podía trabajar con gises. Me generaban mucha ansiedad”. Cada artista, sus filias y sus fobias.
La pregunta del millón, ¿en qué momento llega el profesionalismo?, ¿cómo llega un pintor debutar en primera división y vender su primera pieza?, ¿cómo se pasa del pintar por gusto a formar parte de una industria con sus mañas y pretensiones?
“Creo que el hecho decisivo llegó en pandemia”. La crisis sanitaria del Covid-19 significó para muchos un cambio de ruta de todas aquellas cosas que ya no fueron, todas esas cosas que sucedieron y todas esas cosas que tendrían que ser de otra manera.
“Llegó el fin del mundo con la pandemia y un familiar muy querido se plantó un día en la casa con materiales para pintar cada quien una obra”. Es curioso cómo relaciones significativas funcionan como catalizador de todos nuestros deseos, pasiones y talentos. “Él falleció y no pudo terminar el cuadro en el cual estaba trabajando”. Andrés continúa pintando para terminar aquella obra inconclusa.
El arte sirve para incomodar, para reflexionar y también para conmover. No nos hagamos tontos y adoptemos esa pose naif sobre el arte: escribimos, pintamos, cantamos o bailamos para que nos quieran; más allá de la vida, más allá de la muerte.
“Entonces, profesionalismo, ponerle precio a tu obra. Me pidieron que pintara la pared de un estudio de grabación, alguien la vio y después me contactaron para que pintara la pared de una casa”. Aquí es donde surgió la gran pregunta: ¿cuánto vale mi trabajo, ¿cuánto vale mi arte?
Esta cuestión me llama poderosamente la atención, porque Andrés toca un punto muy importante y de la cual a veces no se habla en el mundo del arte, sobre todo para los que van comenzando: la materialidad del arte. El trabajo, el arte, las ideas o cualquier habilidad requiere una inversión de tiempo, de horas nalga, de trabajo intelectual. Es aquí donde la industria se convierte en una aplanadora que lejos de impulsar al artista, lo engulle y lo escupe hacia la nada. El elitismo del arte contemporáneo; el filtro del amateurismo y el profesionalismo.
“Pinto porque al final de todo lo malo que puede llegar a tener la industria, el arte nos trasciende”, sentencia Andrés. El arte como una forma de trascendencia.
Ars longa, vita brevis.
