Leer a Rulfo debería ser obligatorio
Primer sorbo, columna de Hiram Ventura Borges: Leer a Rulfo debería ser obligatorio
Columna de Hiram Ventura Borges
Juan Nepomuceno Carlos Pérez Rulfo Vizcaíno (1917-1986), es, sin duda, el escritor mexicano más importante del siglo XX, y sólo publicó tres libros, pero lo hizo con tal maestría que han sido, incluso, objeto de concienzudos estudios.
El primero fue “El llano en llamas”, publicado en 1953, cuya primera edición formó parte de la colección Letras Mexicanas del Fondo de Cultura Económica e incluía quince cuentos, algunos ya publicados en diversas revistas previamente. Luego, publicó “Pedro Páramo”, en 1955, esta obra es considerada el parteaguas de la literatura mexicana, pues marca el fin de la novela revolucionaria y, por la forma en que está escrita, posicionó a su autor como el padre de lo que después fue llamado realismo mágico, y el posterior boom latinoamericano. Por último, “El gallo de oro” que vio la luz en 1980 (aunque fue escrito en el mismo periodo que las dos anteriores), obra considerada por el propio Rulfo como una novela corta, que llevada al cine con una adaptación realizada por Carlos Fuentes y García Márquez en 1964.
La prosa de Juan Rulfo refleja el México rural, nos muestra parte realidad y parte fantasía, describe la desolación de los propios personajes, crea una atmósfera gris (yo diría sepia), y nos enseña sentimientos tan profundos como la culpa, el miedo, la resignación, el desamparo, la fatalidad y el sufrimiento. Y, sin embargo, a pesar de todo esto, sus narraciones guardan belleza, son intensas, poéticas, mágicas, retratan el paisaje, le dan identidad al hombre de campo junto con sus costumbres, con su abandono, marginación, pobreza, resistencia, coraje, amor y valor por lo que se tiene. Sus relatos están ubicados en el contexto de la revolución y postrevolución mexicana y describen lo duro y cruel de la vida rural de esa época.
Sus personajes hablan con voz propia, la voz del pueblo, con la cadencia y la economía del lenguaje del campo, lejos de la modernidad que en las ciudades se empezaba a vivir, nos describe a los olvidados de la revolución. Algo interesante de Rulfo es que como también fue fotógrafo, logró plasmar en sus letras lo que sus ojos veían a través de la lente pues recorrió parte del país fotografiando lugares y escenarios que encontraron en sus cuentos el escaparate para que los conozca el mundo.
Mi cuento preferido de este autor se encuentra en “El llano en llamas” y se titula “Es que somos muy pobres”. Publicado por primera vez en 1947 en la revista “América”, nos narra, a través de una voz infantil, la relación de la naturaleza con el destino de una familia, señalando que los pobres, los más necesitados, no tienen control sobre su vida. El cuento, hecho con un lenguaje sencillo, sin cortapisas, sin juicio moral, nos va narrando un acontecimiento natural desastroso que hace que una familia pierda a su vaca, el único patrimonio y esperanza que tenían para lograr una movilidad social. Con la pérdida de la vaca la familia pierde también la esperanza, la salvación y sólo queda la degradación económica y de la dignidad familiar, convirtiendo a la pobreza en una condición inevitable de la que no se puede escapar.
De esta narración podemos decir que es una denuncia ante la injusticia estructural donde la miseria y la falta de oportunidades condena a vivir en la miseria a cierta parte de la población, especialmente la que habita justamente en los llanos, en el campo. Leer algún texto de Rulfo debería ser obligatorio en nuestra educación, conocerlo, valorarlo y transmitirlo a las nuevas generaciones debe ser tarea de todos a los que nos gusta la literatura.
