A donde fueres, haz lo que vieres
Reflexiones, columna de Hortensia Rivera Baños: A donde fueres, haz lo que vieres
Hace ya muchos años que mi vida dio un giro de 180 grados, al tomar la decisión de venir a radicar a Yucatán. Reconozco que la vida de la Ciudad de México en 1985 no era fácil, un terremoto nos acababa de desafiar de una manera inimaginable, el dolor y la fragilidad se instalaron como un recordatorio de que la naturaleza es impredecible, y nos obligó a reconstruirnos, a sensibilizarnos con el dolor ajeno y a identificar el propio sabiendo que, de los escombros, se puede renacer.
En este punto mi decisión fue irrevocable, buscar un nuevo horizonte donde mi madre y yo pudiéramos reconstruir nuestras vidas, un sitio que nos permitiera bajar el ritmo tan acelerado que la Ciudad de México siempre nos ofreció. Fue así como mis pasos tomaron otra ruta, otro destino, me fui agradecida, con amigos entrañables y recuerdos imborrables que aún permanecen en el corazón. De esta manera llegué a Yucatán, una tierra que me recibió con los brazos abiertos.
Es verdad que no todo fue color de rosa, venía de un ritmo tan acelerado de vida que me fue difícil acostumbrarme. El respeto a esa paz que en Yucatán se vivía fue parte de mi adaptación, porque ya lo dice el dicho: “A donde fueres, haz lo que vieres”.
La capacidad de adaptación está regida por el respeto a las reglas no escritas del lugar que nos abre las puertas. Hoy me siento a reflexionar, y ya que estamos en época de vacaciones, sobre lo que significa habitar y ser turista de cualquier parte de la república mexicana. Porque nuestro país no es cualquier cosa, es un lugar cargado de belleza, y viajar por él, no debe ser la acumulación visual de paisajes que se nos amontonan a cada paso, es además y, ante todo, un ejercicio de responsabilidad civil.
Vemos, que Yucatán ha crecido de manera exponencial, el turismo es la derrama económica más importante en el estado. Que terrible es andar por ahí como turista irresponsable mancillando templos sagrados, como Chichén Itzá, donde más de una vez extranjeros saltan la escuálida soga y suben sin empacho, corriendo altaneros y paseándose por todo el templo sagrado desafiando a la autoridad. ¿En verdad necesitamos una soga para delimitar el respeto?
Hacer lo que vemos –retomando el refrán–, significa que si pisamos suelo maya en Yucatán debemos adaptarnos a las reglas, respetar las restricciones de las zonas arqueológicas no es un capricho, es una necesidad de preservación. Otro ejemplo son los cenotes, en esos lugares que representan la entrada al inframundo, la fragilidad del entorno es cada vez más visible.
El habitante o el turista soberbio siempre son los que nos brindan espectáculos que debemos evitar, ya que pagar una cuota de recuperación al entrar a estos sitios, no significa que se tiene el derecho a todo. Una de las prohibiciones en los cenotes, es el uso del bloqueador, el tema de introducir bebidas alcohólicas, los residuos que generamos etc.
Vivir en Yucatán no es la ausencia del caos; esta mágica tierra me enseñó que la paz es el respeto. Es verdad, el terremoto de 1985 nos demostró muchas cosas, entre ellas la fragilidad de nuestras construcciones, pero el turismo nacional e internacional en Yucatán –como en el resto del país– nos advierte sobre la fragilidad de nuestros paraísos. Aprendamos a ser viajeros y habitantes respetuosos de cualquier lugar que nos reciba, porque la gratitud y el civismo siempre deben estar empacados en nuestras pertenencias.
