¿No estoy aquí que soy tu madre?

Palabra de mujer, columna de Ivette Laviada: ¿No estoy aquí que soy tu madre?

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En 1531, entre el 9 y 12 de diciembre, la Virgen María en su advocación de Guadalupe irrumpió en la vida de esta porción de América, una nación que en aquellos tiempos fraguaba su destino, un México que en el mestizaje entre nativos y españoles se formó y dónde Ella misma se presentó ante Juan Diego como una más de nosotros.

El diálogo que entablaron Ella y el “más pequeño de sus hijos” es tan rico, que a la fecha y después de casi cinco siglos podemos seguir saboreando y encontrando nuevos matices que nos hablan personalmente, como si fuéramos Juan Diego, Juan Dieguito.

El avance de la ciencia ha contribuido a que sigamos descubriendo los milagros de la tilma, un lugar donde Ella está viva, donde su presencia y la de su hijo Jesús llenan el grandioso espacio de la Basílica que a diario recibe a cientos de fieles.

¡Cuántas personas han colaborado con sendos libros documentando sus investigaciones! En este pequeño espacio no podríamos hablar de ello, pero si podemos mencionar algunos nombres para que podamos acercarnos a sus hallazgos: en primer lugar el Padre Eduardo Chávez con numerosos títulos; “El Mensaje de sus Ojos”, de José Aste; “Más allá de su embarazo”, del Dr. David Ojeda; “Música en la Imagen Guadalupana”, de Fernando Ojeda; “El verdadero y extraordinario rostro de la Virgen de Guadalupe”, de Rodrigo Franyutti y por supuesto, la lectura obligada del “Nican Mopohua”, que narra a detalle el encuentro entre María de Guadalupe y Juan Diego.

Cuando María irrumpe en nuestras vidas lo hace para consolarnos, para sanarnos, para invitarnos a hacer oración, para amonestarnos amorosamente y para redirigirnos hacia su hijo Jesús. Como una buena madre detecta una necesidad y busca cómo remediarla, tal como hiciera en las Bodas de Caná de Galilea y en tantas otras ocasiones.

Podríamos decir que lo que quiere María es un hogar. Pide una casa, porque la casa, es el sitio que una mujer convierte en hogar, el lugar sagrado para la familia.

Ella no viene sola, busca amparo y si le damos entrada recibimos también a Jesús y con Él hacen morada Dios y el Espíritu Santo, cuando habitan en nosotros no nos dejamos vencer por el miedo o el desánimo porque nos dan la fuerza para sobrellevar cualquier dificultad.

Jesús al pie de la Cruz ofreció a su madre como madre de todos los hombres, María nos ratifica esta petición de su Hijo, pero no como cualquier mamá, sino una muy compasiva y misericordiosa; nos dice “los que a mí clamen, me busquen y en mí confíen; estaré allí para remediar, curar, sanar, consolar todo lo que les preocupe y enjugar sus lágrimas”, ¿qué más querríamos?

María se acerca a corazones humildes y dispuestos, podríamos como Juan Diego no sentirnos dignos de tal honor, pero Ella nos insiste diciéndonos: “Si tú me escuchas y confías en mí, Yo con mucho retribuiré
tu cansancio”; la Virgen nos da un voto de confianza porque Ella es quien suple nuestras debilidades y necesidades.

Cuando dice: “¿No estoy aquí que soy tu madre?”, nos recuerda que podemos abandonarnos a su confianza, que dejemos de preocuparnos y angustiarnos porque Ella se encarga de nuestro bienestar.

¿Quieres hacer la prueba? Si confías en que estás bajo su sombra y resguardo, en el hueco de su manto y en el cruce de sus brazos, si Ella se convierte en la fuente de nuestra alegría ¡no necesitaremos nada más!, pues Ella sin duda nos lleva a Jesús.

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