No es la basura, es la cultura

Palabra de mujer, columna de Ivette Laviada: No es la basura, es la cultura

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Durante mucho tiempo el debate ambiental se redujo a una pregunta aparentemente sencilla: ¿el problema es el plástico? La experiencia de estos años nos ha demostrado que la respuesta es mucho más compleja.

Nadie puede negar que la contaminación representa uno de los mayores desafíos de nuestro tiempo. Sin embargo, tampoco podemos pensar que bastará con prohibir determinados productos para resolver un problema cuya raíz está, sobre todo, en la forma en que consumimos y disponemos de nuestros residuos.

En Yucatán hemos avanzado en comprender que la verdadera solución pasa por construir una cultura de corresponsabilidad. Las acciones que hoy impulsa el Ayuntamiento de Mérida mediante los Puntos Verdes son un ejemplo de ello: separar los residuos, llevarlos a centros de acopio, reincorporarlos a procesos de reciclaje e incluso darles un valor económico demuestra que aquello que llamamos “basura” muchas veces sigue siendo un recurso aprovechable.

La economía circular nos recuerda un principio sencillo: los residuos no deberían convertirse automáticamente en desperdicios. Reducir, reutilizar, reciclar, recuperar, reparar y repensar nuestros hábitos son acciones mucho más poderosas que limitarse a señalar un material como responsable de todos nuestros problemas ambientales.

Por supuesto que existen plásticos de un solo uso cuyo consumo debe disminuirse y cuya regulación resulta necesaria. Pero también es cierto que existen materiales reciclados, reciclables y biodegradables; además, el plástico continúa siendo indispensable en sectores tan importantes como la medicina, la industria, la conservación de alimentos y el transporte. El reto no consiste en demonizar un material, sino en utilizarlo responsablemente y asegurar que tenga una disposición final adecuada.

Si encontramos bolsas, botellas, envases o cualquier otro residuo en un cenote, una playa, un parque o una carretera, debemos hacernos una pregunta incómoda: ¿cómo llegaron hasta ahí? Ningún objeto contamina por sí solo. Siempre existe una decisión humana detrás de un residuo mal dispuesto.

Por eso resulta alentador ver iniciativas que no sólo buscan limpiar la ciudad, sino también educar, involucrar a la ciudadanía y demostrar que reciclar puede generar beneficios ambientales, sociales e incluso económicos. Cuando las personas descubren que separar correctamente sus residuos contribuye a proteger los ecosistemas, reduce la cantidad de basura enviada a los rellenos sanitarios y favorece el aprovechamiento de materiales, comienza a cambiar la cultura.

El Papa Francisco recordaba en Laudato si’ que el cuidado de la “casa común” exige una verdadera conversión ecológica. Esa conversión no empieza con grandes discursos, sino con pequeños actos cotidianos: separar nuestros residuos, consumir responsablemente, reutilizar cuanto sea posible y enseñar a nuestros hijos que el planeta se cuida todos los días.

La protección del medio ambiente no depende únicamente de nuevas leyes ni de nuevas prohibiciones. Depende, sobre todo, de ciudadanos conscientes que entiendan que cada envase correctamente reciclado, cada botella recuperada y cada residuo valorizado representan un paso más hacia una ciudad más limpia y un Yucatán más sustentable.

Porque, al final, la culpa no es del plástico. La solución tampoco será una sola ley. La verdadera diferencia la hace una sociedad que aprende a cuidar responsablemente su casa común. 

La ciudad que soñamos no se construye únicamente con mejores leyes, sino con mejores hábitos. Porque el mayor cambio ambiental no ocurre en los rellenos sanitarios, sino en la cultura de cada ciudadano.

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