Cocoteros 156
Bufete jurídico, columna de José Luis Ripoll Gómez: Cocoteros 156
Para muchos que deseaban continuar estudiando en latitudes diferentes de Yucatán, hacerlo era casi imposible. En muchos casos los gastos económicos de una renta, comida, transportes, etc. sobrepasaban la capacidad económica de los padres o la de ellos mismos.
En general los gobiernos estatales mantenían casas de albergues a estudiantes de las entidades en la gran ciudad. Yucatán no era excepción. La casa del estudiante yucateco en Ciudad de México era opción. Desde luego que tratándose de estudiantes la economía es una constante por resolver.
Cuando se concluye la licenciatura, ya es un sujeto independiente como para requerir el apoyo de los padres. En los noventa, en la entidad, no había opción. El internet apenas empezaba a conocerse. Sólo unos cuantos tenían acceso. En los inicios de la década, ni la Uady tenía posgrados.
En cocoteros 156 se vivía en condiciones especiales. Cuartos para seis y hasta nueve personas. Camas tipo literas, el de abajo, la parte media y los que dormían cerca de “diosito”, en el último nivel.
En cocoteros 156 había un cuarto denominado “de la noche eterna”, en virtud que no contaba con ventanas. Como en la cárcel de Almoloya de Juárez, todo el tiempo estaba con las luces prendidas.
El baño poseía cinco regaderas. Entre varones no había el pudor de encontrarse aseándose desnudos. Cada uno en horario de conformidad con sus necesidades.
Los que estudiábamos en Ciudad Universitaria atravesábamos el otrora Distrito Federal, de norte a sur y de regreso. Cocoteros 156 era una especie de cárcel en libertad. Habían ciertas reglas que eran generalmente aceptadas. Sin embargo, las conductas juveniles de beber y divertirse eran una constante. Habían estudiantes de varios municipios del Estado.
Como en toda comunidad, había personajes sui géneris. El tomador habitual. El fumador de extraños cigarros que subía por las noches al techo de la vivienda. El bromista que intentaba ser divertido. El presumido que se las daba de galán conquistador con supuestos aires de don Juan. El fiestero, que como decía José Alfredo, “no más se le iba en puro tomar”.
También la casa contaba con personajes exóticos. Marcaba pasos de ballet en la sala improvisada como salón de baile. El racista que no toleraba a gente que provenía de descendencia maya, se sentía gente de alcurnia. En son de broma, uno de ellos me dijo: ¡Tu Ripoll, le ganaste a los pool! ¿Por qué? le reviré. Porque eres repool, y se marchaba carcajeándose sin recato alguno.
Ubicada entre begonias y clavelinas de la colonia nueva Santa María, la casa tenía sus amigos externos. Habían varios grupos de visitantes temporales. Uno de esos eran los coretos. Trabajaban en la entonces Comisión de Regulación de la Tenencia de la Tierra, (Corett). Su presencia en la casa posibilitaba bonanza económica, como sostenía el médico y economista francés Francois Quesnay la economía debe ser
como la sangre en el cuerpo que irriga por todas las partes.
También había invitados especiales, yucatecos visitantes que se hospedaban entre ocho y 15 días, y como la canción “para nunca más volver”.
