El billete

Lecturas, columna de Julia Yerves Díaz: El billete

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La responsabilidad de la moneda recibida en una mano infante es un puente entre el terror y la ilusión. El terror de perderla, de no saber dar otra explicación más que el capricho del azar y el extravío te escogieron para ser la víctima del día. Por otro lado, la ilusión de considerar todo aquello que podríamos obtener con ese dinero ajeno; no en una tentación malintencionada sino en el juego hipotético de sonreír y pensar en todo lo que podríamos comprarnos.

Todos fuimos elegidos para ir a la tienda y pararnos frente al tendero en completo olvido y después regresar a casa para preguntar de nuevo qué es lo íbamos a comprar. Un regaño, un grito, y la triste probabilidad de que absolutamente toda la escena se podría repetir de nuevo.

Recuerdo que en la infancia mi abuela me envió a la tienda por galletas de soda y un juguito para mí. De regreso el juguito se me resbaló de las manos mientras malabareaba las galletas y el cambio. Le dije y con la indulgencia de las abuelas me dio más dinero para otro juguito. De regreso se me cayó en el mismo sitio y con el ojo aguado la encaré y le dije que había pasado de nuevo. “Ven te hago un tang”, me dijo.

En “El billete”, cuento de Ana Patricia García Ramírez y fruto de el XXV aniversario de la Infoteca Central Saltillo, estamos frente a una historia que viene a despertar con caricias la inocencia de una infancia prontamente cargada de responsabilidades e ilusiones. Así, seguimos a Carlitos, un niño de una edad incierta pero oscilante entre los nueve y doce años.

Interrumpido en su competencia de canicas es enviado a la tienda con una moneda nueva de 20 pesos. La misión: un kilo de frijoles bayos. Bayos, no negros o pintos porque esos no le gustan al papá. Carlitos deposita la moneda en el bolsillo de atrás solo para darse cuenta unas cuadras después de que la moneda no está. El latido fuerte, el pánico, el “me van a regañar”. Intenta buscarla con la mirada y en cambio vislumbra un papel morado; un billete de cien.

En su alegría, de caballero pequeño y pudiente, va a la tienda Conasupo y se surte de leche, huevos, y más kilos de frijol. Al pagar el billete ha desaparecido y su retorno vergonzoso a casa resuena con el peso de sus pasos decepcionados. La mamá lo espera con la moneda de veinte pesos que había dejado caer en el zaguán y la orden para regresar a la tienda cercana con la misión de regresar con un kilo de frijoles bayos, y repitiendo: negros no, porque esos no le gustan a papá.

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