Me amo por atrevida
Lecturas, columna de Julia Yerves Díaz: Me amo por atrevida
No siempre resulta fácil asumir las consecuencias de nuestros impulsos que se disfrazan en actos en un intento por expresarnos; por expandirnos. Una frase, una acción, un mirar determinado o un sentimiento interno pudieran ser el parteaguas entre lo que se calla por precaución y lo que se grita por necesidad. Ante todo más vale atenerse y ser fiel a lo que sale, a lo que se construye y también a todo aquello que ha servido de camino para mostrar lo que somos ahora: una herida abierta, un libro, un ente sensible.
Durante la niñez mi centro emocional era el estómago. ¿Nervios? Un estremecimiento interno. ¿Enojo? Llanto que se volvía agua desde el estómago y subía pasando por la garganta para desembocar en los ojos. ¿Felicidad? Impulso incontrolable por meter el estómago e inhalar aire porque muchas veces la fortuna se presentaba como falta de aliento. Sumir la panza, sonreír, cerrar los puños o pasarse las manos por la cabeza. ¿Ruptura del alma? Algodón en el estómago, nubes cargadas que a relámpagos debilitan el funcionamiento del cuerpo desde el centro. Al día de hoy, todo cuanto he construido, bueno o malo, ha nacido de allí.
“Me amo por atrevida” es un ensayo de Lorena Pronsky donde se hace un recuento de todos aquellos momentos que definen una vida. En él no se encuentran culpables ni víctimas, sino más bien una defensa no solicitada, un espacio dónde posturarse y existir.
“Más de la mitad de las cosas que tengo las busqué pateando tableros. Obviando prejuicios y omitiendo permisos. Soy quien soy, a pesar de mi pesar. Nací así, viví así y voy a morir así”. “Yo permití gente en mi agenda que me dolía hasta en las muelas. No hubo colados. A todos, los invité yo”. “Hice lo que sentí en el pecho, todas las veces del mundo. Casi todas terminaron mal. Pero nunca tuve la duda de saber si estaba haciendo lo correcto. Lo sentí y punto. Me dolieron las tripas de hambre de amor y de miradas que no me miraron. Pero en todas hice mi parte. No tengo deudas conmigo. Si algo no sucedió, no fue por mí. Tengo la cabeza de decorado. Y lo celebro”.
Tendríamos que aprender a presentarnos así: renunciar a lo bello, a lo armonioso. Abrir paso a la honestidad brutal de nuestra propia existencia. Debería ser un acto libre, sostenido por una valentía quizá fingida, pero suficiente para asumirlo todo. De lo contrario, el espíritu se disolvería, incapaz de reunir el valor necesario para reconocer todo lo que hemos sido y lo que ahora somos.
