La cucaracha soñadora
Lecturas, columna de Julia Yerves Díaz: La cucaracha soñadora
Hay algo inquietante en la manera en que una historia puede doblarse sobre sí misma hasta perder cualquier punto de origen. Como si cada intento de explicar quién somos terminara por multiplicar las versiones posibles de ese “yo” que creemos estable. Y es que, naturalmente, hemos ido construyendo imagen tras imagen e identidad tras identidad a partir del momento en el que fuimos capaces de posicionarnos en el mundo, en nuestra vida y en nuestros espacios.
Entonces, ¿quién soy? Pregunta errónea momentáneamente. Sería ideal decir, más bien, ¿quién soy ahora? De este lado el ejercicio se manifiesta de la siguiente forma: soy lo contrario a todo lo que fui hace unos diez años. En mis manos se vislumbran, entrecerrando el ojo con trabajo, vestigios de un ser humano en formación. No soy una tarde de siesta ni el receptáculo del clima para tomármelo personal, diseñado a
mi humor. Tampoco soy mis decisiones y me niego a reconocer mis gustos del pasado; allí no habito, allí transité.
En “La cucaracha soñadora” de Augusto Monterroso, estamos frente a un cuento con rasgos de microcuento que disfrazado entre oraciones ingeniosas y hasta cierto punto divertidas en una primera impresión, nos revuelve y nos posiciona en lo que es, y su opuesto. Para mayor disfrute, y porque la ocasión lo amerita, lo comparto.
“Era una vez una Cucaracha llamada Gregorio Samsa que soñaba que era una Cucaracha llamada Franz Kafka que soñaba que era un escritor que escribía acerca de un empleado llamado Gregorio Samsa que soñaba que era una Cucaracha.” In-cre-í-ble.
No porque cueste creerlo, sino porque la finura de la construcción de Monterroso no se queda en el juego literario por el juego mismo, sino que se parece mucho a cómo entendemos las historias, las propias y las ajenas. Vemos capas, fragmentos e identidades que se repiten y se reescriben todo el tiempo. Y eso, precisamente eso, es lo que somos.
Somos un sinfín de afirmaciones y sus opuestos. La promesa futura de una mejor versión que a veces avanza y en otras regresa al pasado en un impulso incontenible por volver a quiénes éramos, a cómo nos veíamos, cómo pensábamos. ¿El ser humano cambia? Sí, pero no de manera lineal ni limpia como nos gustaría creer. Cambiamos más bien por acumulación y desgaste, por capas que se superponen y a veces se contradicen. Oscilamos entre momentos de afirmación del ser y la inevitable condición humana de ahora mirarnos con nostalgia y sabernos así, soñadores.
