Memoria roja
Letras al viento, columna de Karla Martínez Herrera: Memoria roja
El pasado 2 de octubre se cumplieron 58 años de la matanza en Tlatelolco, hecho deleznable convertido en herida profunda que hasta la fecha nos sigue doliendo a los mexicanos. La reminiscencia colectiva lo ha expresado en diversas expresiones artísticas, así como en manifestaciones para anclar la perpetuidad en la memoria de las nuevas generaciones.
En el cuento de “La otra noche de Tlatelolco” (2021) del escritor mexicano Bernardo Esquinca, es un relato diferente y peculiar, muy al estilo del escritor, donde los monstruos, fantasmas, y el terror contemporáneo se hacen presentes, pero sin dejar a un lado la columna vertebral de lo que se vivió en el 68.
Es la historia de Gerardo, un estudiante de preparatoria que va a la plaza de las Tres Culturas junto a su novia, cuando de repente comienzan a ver bengalas, helicópteros volando bajo, estruendo de metralletas, gritos, empujones, desesperación. De un momento a otro y debido a la fuerza monumental de la masa de cuerpos que se le venían encima, suelta la mano de su novia Julia. Ella logra salir ilesa, sin embargo, él es alcanzado por una de las balas y cae en el montículo de cuerpos que ya comenzaban a tapizar el piso del histórico lugar.
El impacto no solo fue físico, sino que, de una forma generalizada, le llega de igual manera, convertido en malestar psicológico a los militares que dieron muerte a cientos de personas. Entre el shock y el estrés postraumático fueron testigos de que muchos de los caídos, regresaban a la vida en forma de zombis, entre ellos Gerardo, quien logra escapar impulsado por la búsqueda de Julia.
“Juro por mi madre que antes del ataque eran trece cadáveres. Y si uno de ellos pudo volver a levantarse y escapar, eso sólo significa una cosa: que hay un puto muerto viviente suelto en las calles de la ciudad”.
Un arqueólogo que trabajó en aquel sitio en excavaciones recolectando y analizando artefactos prehispánicos, contó que debajo de aquel centro se encontraban varias tumbas, cuyos huesos exponían el canibalismo cometido por los aztecas: “…miré hacia la plaza y vi una ola de sangre que se abatía sobre los edificios. Tlatelolco fue el último bastión de los mexicas durante la conquista, y tiene perfecta lógica que su regreso parta de este epicentro… El gobierno cree que reprendió a los estudiantes, pero lo único que consiguió fue marcar el principio del fin.”
Los soldados logran detectar que el alumno-zombie que se logró escapar es Germán, quien ya era un peligro para la sociedad, ya que uno de los que se encontraban con él y revivió, mordió a un soldado, quien comenzó a tener efectos de algún tipo de virus, lo que aún resultaba poco creíble, para personas especialistas en diversas áreas.
Esquinca consigue captar la atención de los lectores por su forma de narrar, no solo exponiendo lo que sucedió tal cual, sino combinándolo con seres sobrenaturales, y manejando de esta manera al zombie como metáfora del terror, del dolor y el miedo a lo desconocido, es decir, al nuevo México al que se iban a enfrentar los sobrevivientes de la masacre.
