Fuentes y monumentos de Valladolid, patrimonio casi en el olvido

Crónicas del oriente, columna de Leonel Escalante Aguilar: Fuentes y monumentos de Valladolid, patrimonio casi en el olvido

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A lo largo de los años, y con el inexorable paso del tiempo —ese que parece condenar al olvido a personajes, acontecimientos memorables y hasta la propia fisonomía del paisaje—, surge inevitable la reflexión sobre la pérdida paulatina del patrimonio histórico de nuestra querida Valladolid. Entre esas ausencias se encuentran fuentes, kioscos, bustos y monumentos que un día honraron la memoria de hombres y mujeres ilustres de la historia local y nacional, pero que hoy permanecen casi invisibles para las nuevas generaciones.

Todo comienza en el corazón de la ciudad: la Plaza Principal. La tradición señala que, antes de la conquista, en ese mismo sitio se elevaba una pirámide maya, centro ceremonial de los antiguos pobladores. Años después, fundada ya la villa de Valladolid y trasladada definitivamente a este lugar, los españoles trazaron sus calles y plazas, dando origen a los barrios históricos que aún sobreviven como silenciosos testigos del paso de los siglos.

Un registro fotográfico del explorador francés Desiré Charnay, en su viaje a Valladolid en 1886, nos permite contemplar aquella plaza coronada por un elegante kiosco que, sin duda, fue escenario de reuniones familiares, serenatas y tardes apacibles. Se desconoce cuándo desapareció y cuál fue la razón de su demolición; quizá el tiempo, el deterioro o las transformaciones urbanas terminaron por condenarlo al olvido.

Con la llegada del siglo XX —época de profundas transformaciones para la ciudad— apareció en el centro de la plaza una elegante mestiza que, desde el interior de una fuente, parecía recibir el constante abrazo de las cristalinas aguas que brotaban a sus pies. Años más tarde la escultura fue retirada para dar paso a un monumento piramidal dedicado a los Mártires del 4 de junio de 1910. Tiempo después, dicho monumento sería trasladado al Parque de los Héroes y, en su lugar, una réplica de la mestiza regresaría para devolver al parque parte de su antigua identidad.

El parque Francisco Cantón Rosado, dedicado al ilustre gobernador vallisoletano, también albergó importantes monumentos que hoy pocos recuerdan. Entre sus jardines se encontraba el Monumento a la Madre, donado por el Club de Leones, así como un busto de mármol del general Francisco Cantón. Con el paso de los años, este último fue trasladado a un costado de la iglesia de Santa Ana, donde tuvo un triste desenlace: un poderoso huracán lo derribó de su pedestal, reduciéndolo a pedazos.

El Monumento a la Madre corrió mejor suerte. Gracias a las gestiones del propio Club de Leones, fue reubicado en el parque del barrio de San Juan, donde permanece hasta nuestros días. Sin embargo, el abandono lo rodea. Cada 10 de mayo, lejos de convertirse en punto de encuentro para rendir homenaje a las madres, únicamente escucha el canto de las aves, convertido el trinar de los pájaros en el único himno que celebra su significado.

En 1992, conmemorando 500 años de la Hispanidad, un moderno monumento fue instalado en el jardín sur del parque principal, que años después, por la falta de cuidado y mantenimiento fue lamentablemente desmantelado, otro de estilo similar estuvo en el corredor que conecta el ex telar La Aurora con el parque de Candelaria.

En un oscuro rincón del Parque de los Héroes permanece en el abandono el ennegrecido busto de Venustiano Carranza, que originalmente presidía la explanada del barrio de Sisal, justo frente a la escuela primaria. Resulta inevitable pensar que la Constitución de 1917, de la cual Carranza fue su principal impulsor, pareciera no contener un artículo destinado a preservar la memoria y la dignidad de quienes escribieron páginas fundamentales de la historia nacional.

El monumento al general Lázaro Cárdenas, cambiado de ubicación en dos ocasiones está situado muy cerca de lo que fue la antigua estación del ferrocarril, que es otro valioso testimonio histórico que, lamentablemente, comparte el mismo destino de abandono.

Mención aparte merece don José María Iturralde Traconis, cuya muerte enlutó a Valladolid hace exactamente cien años. La gratitud de su pueblo quedó inmortalizada en tres monumentos que recuerdan la trascendencia de su obra. El primero fue inaugurado en 1925 y se encuentra junto a la iglesia de San Servacio; el segundo, de cuerpo entero, ocupa el sitio mismo donde perdió la vida, en el barrio de Bacalar; y el tercero, quizá el más hermoso y representativo, se levanta en el Cementerio General. Esta magnífica obra escultórica, realizada por el artista italiano Ponzanelli, constituye una auténtica joya del patrimonio artístico vallisoletano.

El Benemérito de las Américas, Benito Juárez, también tiene presencia en la ciudad mediante un sencillo pero digno monumento ubicado en el parque de Santa Lucía. Sin embargo, muchos otros hombres y mujeres que contribuyeron decisivamente a la construcción de Valladolid ni siquiera cuentan con una placa o una sencilla inscripción que recuerde la grandeza de sus obras. Sus nombres han terminado por confundirse con el polvo del tiempo.

Porque un pueblo que olvida a sus benefactores, que permite que sus monumentos desaparezcan o caigan en el abandono, termina por borrar parte de su propia identidad. Los monumentos no son simples esculturas de piedra o bronce; representan la memoria colectiva, la gratitud de una comunidad y el vínculo permanente entre el pasado y el presente.

Hagamos votos para que las autoridades y la sociedad vuelvan la mirada hacia nuestra historia. Que recorran los viejos libros, redescubran los nombres de quienes entregaron su vida al engrandecimiento de Valladolid y comprendan el enorme valor de preservar estos símbolos. Sólo así podremos legar a las futuras generaciones una ciudad orgullosa de sus raíces, de sus héroes y de ese legado que hizo posible edificar, sobre sólidos cimientos, a la siempre entrañable Sultana del Oriente.

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