José Ernesto Vivas Santos, un pionero del teatro en Valladolid

Crónicas del oriente, columna de Leonel Escalante Aguilar: José Ernesto Vivas Santos, un pionero del teatro en Valladolid

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Con muchos sueños por cumplir y una vida colmada de anécdotas, experiencias y encuentros memorables, José Ernesto Vivas Santos fue un hombre que supo hacer realidad buena parte de aquello que alguna vez imaginó. Sencillo, generoso y de espíritu inquieto, encontró en los escenarios el cauce natural para expresar su sensibilidad y su amor por el arte. A través de la caracterización de innumerables personajes, dio vida a muy diversas obras teatrales y compartió con el público no solamente su talento, sino también esa bondad y sencillez que fueron siempre parte de su esencia.

Él mismo se definía como “un loco soñador”, un hombre empeñado en alcanzar un solo gran propósito: hacer realidad su vocación de artista. Y en ese largo caminar por los senderos de la actuación consiguió uno de los sueños que durante años había acariciado: participar en una película. Y no en cualquier película, sino en una producción en la que tuvo la oportunidad de compartir escena con una de las grandes divas del cine mexicano, Dolores del Río. Aunque su participación fue pequeña, aquel encuentro significó para don Ernesto una experiencia inolvidable, una de esas páginas que permanecen para siempre en la memoria.

Don Ernesto pasó los últimos años de su vida, por decisión propia, en el Albergue San Vicente de Paúl, en la ciudad de Mérida. Sin embargo, en Valladolid su recuerdo permanece estrechamente ligado al teatro y a los escenarios que tantas veces pisó con entusiasmo.

Se le recuerda especialmente por sus actuaciones con el Grupo Teatral Renacimiento, en la obra Flor de mayo, dirigida por el doctor Marcos León Fuentes, al lado de entrañables compañeros de escena. Esta obra llegó incluso a presentarse en el teatro del STIC de Mérida, llevando el talento de los actores vallisoletanos más allá de nuestra ciudad.

También dejó huella en la obra Un loro y tres golondrinas, en la que compartió escenario con la actriz Iselita Pasos Marrufo. Participó asimismo en Una ciudad para vivir, bajo la dirección de Armando Vidiella, junto a la primera actriz María Elena Gómez. Al lado de las actrices Conchy y Nancy Roche, actuó en La culta dama, de Salvador Novo, nuevamente bajo la dirección de Vidiella. Con esta puesta en escena viajaron hasta Monterrey para participar en un concurso teatral, donde obtuvieron un honroso tercer lugar.

Pero la vida artística de don Ernesto no se limitó al teatro. Durante más de diez años trabajó en el Hotel Mayaland, donde tuvo la oportunidad de combinar dos de sus grandes pasiones: la poesía y la cultura yucateca. Allí, mientras un trío interpretaba las más hermosas canciones de nuestra trova, él declamaba sentidas poesías yucatecas para deleite de los visitantes.

Fue precisamente durante aquellos años cuando se presentó una oportunidad que habría de convertirse en uno de los episodios más singulares de su vida. En Chichén Itzá se filmaba la película Deseada, protagonizada por la reconocida actriz Dolores del Río. Movido por su admiración y por ese espíritu soñador que siempre lo acompañó, don Ernesto pidió a Carmen Gómez Rul, propietaria del Hotel Mayaland, que le ayudara a conocer a la famosa actriz.

Su deseo se hizo realidad, pero Ernesto quiso ir un poco más allá: le pidió la oportunidad de participar en la película. Años después, recordaba aquella experiencia con la sencillez que lo caracterizaba:

“Le caí bien a la diva y me ofreció hablar con Gavaldón, el director de la cinta. Este necesitaba a alguien con rasgos mayas y yo no daba el tipo. Dolores insistió en que me podían pintar y así se hizo”.

Y así, aquel “loco soñador” consiguió abrirse un pequeño espacio en el mundo del cine, dejando una anécdota que habría de contar con orgullo y emoción a lo largo de los años.

En Valladolid, sin embargo, don Ernesto no necesitaba grandes escenarios para convertirse en un personaje entrañable. Su presencia estaba en todas partes. Se le recuerda participando en las peregrinaciones en honor a la Virgen de Guadalupe, donde representaba a Juan Diego; en los festivales escolares de Navidad, caracterizando a Santa Claus; en las fiestas infantiles, llevando alegría como payaso, y hasta en las celebraciones de fin de año, cuando se convertía en el Año Viejo, símbolo de un ciclo que termina para dar paso a uno nuevo.

Así era don Ernesto Vivas Santos: un hombre que hizo del arte una forma de vivir y de servir a los demás. No buscó la fama ni los grandes reflectores. Le bastaba la alegría de subir a un escenario, ponerse un vestuario y convertirse, por unos instantes, en alguien distinto para regalar una sonrisa, despertar una emoción o mantener viva una historia.

Hoy, al evocar su figura, vienen a la memoria aquellos años, aquellos escenarios y tantas vivencias compartidas con los vallisoletanos. Nos queda el recuerdo de un hombre bondadoso, de un caballero sencillo y de un artista apasionado que hizo de sus sueños una razón para vivir.

Don Ernesto Vivas Santos ya no está físicamente entre nosotros, pero su memoria permanece. Quedó en los escenarios que pisó, en los personajes que interpretó, en las personas que compartieron con él el camino y, sobre todo, en el corazón de quienes tuvimos la fortuna de conocerlo.

Porque hay personas que parten, pero cuya esencia se niega a desaparecer. Don Ernesto es una de ellas. Su recuerdo y su legado forman ya parte de la memoria viva de Valladolid.

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