Revolución inacabada
Educación y sociedad Cesia S. Rodríguez Medina
Me enorgullece saber que hay una historia que se está reescribiendo día a día desde la conciencia y el esfuerzo colectivo de las mujeres en toda su diversidad. A pesar de las barreras y, muchas veces, con el tiempo en contra, y muy a pesar de un sistema social cuya lógica nunca fue pensada para las mujeres, este proceso sigue abriéndose paso. Llámese movimiento feminista, revolución feminista o de cualquier otra manera; nombrarla y vivirla es, por sí mismo, un paso ganado. Sin embargo, lo que también nos da esperanza es que este círculo de construcción y resistencia permite redirigir la mirada y abrir camino para las mujeres en múltiples ámbitos de la vida social.
De ahí que Silvia Federici llamara a este proceso una revolución feminista inacabada. Nombrándola inacabada porque aún existen muchos aspectos por conquistar. Basta poner como ejemplo los distintos ámbitos de la vida: laboral, educativa, cultural, de la salud, entre otros; porque, allí donde se encuentra una mujer, también aparecen diversos obstáculos que circundan su trayectoria. Algunos ejemplos de ello son que, en el ámbito público, podemos observar que aún no hemos alcanzado la paridad completa, lo que, en muchos sentidos, continúa sosteniendo un sistema patriarcal que históricamente ha limitado y excluido la participación de las mujeres.
Al mismo tiempo, se pone sobre la mesa la desigualdad que enfrentan las mujeres al vivir en una sociedad que no redistribuye el sistema de cuidados, históricamente adjudicado a ellas. Esta realidad no solo reproduce brechas estructurales, sino que también limita de manera significativa las oportunidades de crecimiento personal y profesional de muchas mujeres. Por otro lado, podemos percibir que las brechas de género aún persisten en la elección de carreras profesionales, particularmente en el acceso y permanencia en la educación superior.
Esto se debe, en gran medida, a que todavía resulta difícil desarraigar la idea de que ciertas profesiones, como las ingenierías y las áreas STEAM, han sido simbólicamente otorgadas a los hombres. En consecuencia, muchas mujeres continúan enfrentando barreras que influyen en sus decisiones académicas y profesionales, reproduciendo así estereotipos que limitan su presencia en campos estratégicos para el desarrollo científico y tecnológico. A su vez, no se han encontrado aún las medidas pertinentes para proteger y guiar a las mujeres frente a la violencia sistemática y estructural que las acompaña a lo largo de su vida privada y pública, desde el ciberacoso que sigue siendo preocupante, sobre todo para las jóvenes de entre 12 y 17 años.
Asimismo, si hablamos desde el ámbito de la salud, la atención dirigida a las mujeres no siempre ha recibido la especificidad que requiere; de ahí que aún persistan prácticas como la violencia obstétrica. De esta manera, podríamos seguir nombrando las luchas que continúan; no obstante, cada avance, cada voz que se alza y cada espacio conquistado nos recuerda que esta historia sigue escribiéndose. Tal vez por eso, más que una meta concluida desde cada ámbito, la revolución feminista se vive como un proceso permanente: uno que cuestiona estructuras, amplía horizontes y abre posibilidades para las mujeres, y con ellas, para la sociedad entera.
