Algo nuevo bajo el sol

La iniciativa enviada por la gobernadora Mara Lezama al Congreso del Estado no es una reforma más en la agenda legislativa. Es, en los hechos...

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La iniciativa enviada por la gobernadora Mara Lezama al Congreso del Estado no es una reforma más en la agenda legislativa. Es, en los hechos, el intento más serio por cerrar un boquete normativo que durante años dejó a Quintana Roo operando su sistema de transporte público con reglas incompletas, dispersas y, en algunos casos, rebasadas por la realidad.

Resulta inevitable preguntarse cómo pudimos funcionar así tanto tiempo. Cómo fue posible que un estado con el dinamismo turístico y el crecimiento urbano de Quintana Roo no contara con un andamiaje constitucional y legal sólido que ordenara de manera integral la movilidad. Esa ausencia normativa no sólo generaba vacíos técnicos; abría espacios para discrecionalidad, opacidad y decisiones improvisadas.

La propuesta para implementar el Sistema de Movilidad del Bienestar Quintanarroense (MOBI) plantea algo más profundo que la simple modernización del transporte. Se trata de un rediseño estructural que incorpora principios de coordinación, planeación estratégica y disciplina financiera. Es, en esencia, el reconocimiento de que la movilidad no puede seguir tratándose como un asunto administrativo menor, sino como un derecho vinculado directamente con la calidad de vida y el desarrollo económico.

La iniciativa actualiza el marco constitucional y la Ley de Movilidad para alinearlos con la Ley General de Movilidad y Seguridad Vial, incorporando el derecho a la ciudad y el principio de no regresividad presupuestal. Esto último no es un detalle técnico: significa que los recursos destinados a movilidad y seguridad vial no podrán reducirse arbitrariamente, garantizando continuidad en proyectos que históricamente se detenían por cambios políticos o ajustes presupuestales.

Pero quizá el rasgo más ambicioso de esta reforma es su diseño institucional. Lejos de centralizar el transporte, establece mecanismos de coordinación claros con los municipios mediante convenios voluntarios, caso por caso. Esto llena otro vacío histórico: la falta de reglas precisas sobre cómo articular esfuerzos entre el estado y los ayuntamientos sin invadir competencias. La autonomía municipal se respeta, pero se dota de herramientas para planear de manera conjunta rutas, concesiones y operación cuando así se decida.

Esa arquitectura legal, bien aplicada, permitiría pasar de un modelo fragmentado a uno verdaderamente integrado con rutas planificadas, centros de control, sistemas digitales, pago electrónico, terminales modernas y fideicomisos que aseguren sostenibilidad financiera. No es menor que la reforma contemple mecanismos de supervisión y cumplimiento; ahí radica una de sus principales fortalezas.

Un punto medular es el papel del Instituto de Movilidad del Estado de Quintana Roo. La reestructuración del capítulo que regula su funcionamiento no sólo redefine atribuciones, sino que establece bases claras para la rendición de cuentas. Si la reforma se implementa con rigor, el Instituto deberá operar bajo estándares de transparencia que reduzcan al mínimo el margen para “tranzas” en concesiones y operación. Durante años, la opacidad en estos procesos fue fuente de sospechas y conflictos; el nuevo marco busca cerrar esas grietas.

En términos políticos, la iniciativa también envía un mensaje: ordenar la movilidad es ordenar el crecimiento del estado. En términos sociales, coloca a las personas en el centro, priorizando seguridad vial, cobertura, tecnología e información en tiempo real. Y en términos financieros, introduce disciplina para evitar retrocesos que tanto han costado.

Por supuesto, ninguna ley por sí sola transforma la realidad. Todo dependerá de la voluntad para aplicarla, de la vigilancia ciudadana y del compromiso de autoridades estatales y municipales. Sin embargo, lo que hoy se discute en el Congreso es, sin duda, una oportunidad histórica para subsanar un vacío que nunca debió existir.

Cerrar ese boquete normativo no es sólo una corrección técnica; es una declaración de madurez institucional. Y si la ambición de la reforma se traduce en resultados concretos, Quintana Roo podría convertirse en referente nacional en movilidad ordenada, transparente y con visión de largo plazo.

A ello se suma un elemento clave: la certeza jurídica para concesionarios, usuarios e inversionistas. Durante años, la falta de reglas claras generó conflictos, amparos y disputas políticas que terminaron afectando al ciudadano de a pie, ese que espera el camión bajo el sol o que depende del transporte para llegar a su trabajo. Con esta iniciativa, el mensaje es que la movilidad deja de ser rehén de coyunturas y se convierte en política de Estado, con reglas previsibles y mecanismos de supervisión permanentes.

También es relevante que el nuevo diseño incorpore herramientas tecnológicas y financieras que permiten seguimiento en tiempo real, control operativo y trazabilidad en el uso de recursos. Eso no sólo moderniza el servicio; crea condiciones objetivas para combatir la discrecionalidad. Cuando las decisiones quedan registradas, cuando las concesiones tienen procesos claros y cuando los fideicomisos cuentan con reglas transparentes, el espacio para la corrupción se reduce de manera significativa.

La pregunta de fondo es inevitable: ¿estamos ante el inicio de una verdadera transformación estructural de la movilidad en Quintana Roo impenetrable para funcionarios corruptos?

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