¿Cambiar de giro a los 62?
Me encuentro gente que me pregunta, ¿dónde estás tocando? ¿En qué hotel estás ahora? ¿Cuándo te presentas con tu banda de Jazz? Y un largo...
Me encuentro gente que me pregunta, ¿dónde estás tocando? ¿En qué hotel estás ahora? ¿Cuándo te presentas con tu banda de Jazz? Y un largo etcétera. Les voy a contestar. Tengo 62 años y no debería estar haciendo esta pregunta, pero el contexto obliga: ¿debo cambiar de giro? No por falta de capacidades, ni por desgaste creativo, sino porque la industria del entretenimiento en Cancún decidió que la experiencia estorba.
Hoy el sector hotelero ha impuesto una regla no escrita pero inflexible: músicos mayores de 45 años no son bienvenidos. No importa cómo suenen, no importa su formación ni su trayectoria.
Se vende juventud, no música. Se vende imagen, no calidad. El sonido es secundario; lo esencial es que “se vea joven”. Este modelo no es moderno ni eficiente: es profundamente mediocre. Cuando un músico alcanza su madurez técnica, su profundidad interpretativa y su verdadero dominio del oficio, deja de ser “comercial”.
La experiencia, que en cualquier otra industria es un activo estratégico, aquí se convierte en un pasivo incómodo. No se trata de un problema generacional, sino de una renuncia deliberada a la excelencia. El entretenimiento hotelero ha dejado de apostar por el arte para conformarse con el simulacro. Música como ruido de fondo, músicos como decoración prescindible. Y no decir de la industria restaurantera, con personajes que te dicen, ¿entonces tengo que quitar dos mesas para que ustedes se presenten aquí? Definitivamente los perdimos.
Cambiar de giro a los 62 no es rendirse; es negarse a legitimar un sistema que desprecia el conocimiento acumulado. Tal vez no se trate de abandonar la música, sino de sacarla de un entorno que ya no la merece: educación, dirección, gestión cultural, pensamiento crítico. Lo verdaderamente grave no es envejecer. Lo grave es una industria que envejeció mal en sus valores y ahora confunde juventud con calidad. Frente a eso, reinventarse no es fracasar: es conservar la dignidad profesional.
Por supuesto, no me veo sin hacer nada y cambiar de giro tampoco. Siempre me he diversificado dentro de la música. Escribiendo esta columna, dando conferencias, dirigiendo, tocando Jazz con mi banda, como organista y como pianista. Aún hay mucho que dar y no estoy esperando a que la industria cambie. Hasta la próxima semana.
