Conflicto armado crea nuevo ‘impuesto geopolítico’ afectando a la economía y al agro mexicanos
El conflicto entre Estados Unidos e Irán genera alta incertidumbre que afecta a la economía mexicana principalmente a través del alza en los precios...
El conflicto entre Estados Unidos e Irán genera alta incertidumbre que afecta a la economía mexicana principalmente a través del alza en los precios del petróleo, presiones inflacionarias en la canasta básica, volatilidad cambiaria con un dólar más fuerte, y posibles disrupciones en las cadenas de suministro.
Principales Impactos en la Economía Mexicana:
Aumento de Inflación: La inestabilidad en el Estrecho de Ormuz eleva los precios del crudo, lo que encarece combustibles, transporte y, consecuentemente, productos de la canasta básica en México.
Volatilidad Cambiaria: El peso mexicano tiende a depreciarse ante un dólar que actúa como refugio seguro, con proyecciones de tipos de cambio elevados.
Impacto Financiero y de Cadenas de Suministro: Se generan dudas sobre la política monetaria de la Fed, y las empresas pueden enfrentar mayores costos operativos.
Dependencia de EE.UU.: Al ser Estados Unidos el principal socio comercial, una desaceleración económica allá por el conflicto impacta negativamente las exportaciones y la inversión en México.
A inicios de marzo de 2026, la inflación en México ya reflejaba presiones por este conflicto, situándose por encima de la meta del 3% del Banco de México.
Este conflicto bélico afecta la agroindustria mexicana principalmente mediante el alza en los precios del petróleo y combustibles, aumentando los costos de producción y transporte. Además, la inestabilidad genera volatilidad cambiaria, apreciando el dólar y encareciendo los insumos importados, lo que presiona la inflación en la canasta básica mexicana.
Aumento de costos operativos: El incremento en los precios del crudo, derivado de tensiones en el Estrecho de Ormuz, eleva directamente el costo de la gasolina y el diésel, fundamentales para la maquinaria agrícola y el transporte de productos.
Inflación en insumos (fertilizantes/químicos): Al ser derivados del petróleo y gas, los fertilizantes importados se encarecen, reduciendo la rentabilidad del productor local.
Logística y Cadena de Suministro: Un posible bloqueo marítimo en Medio Oriente podría generar cuellos de botella globales, elevando los costos de envío para productos agroindustriales de exportación.
Menor enfoque de EE.UU.: La atención de Estados Unidos centrada en la guerra podría alterar la dinámica de las relaciones comerciales y acuerdos agrícolas bilaterales con México. El campo mexicano, particularmente en regiones como Yucatán, se considera uno de los sectores más vulnerables a estas presiones de costos.
Llevamos una año hablando de los costos provocados por los aranceles que Donald Trump ha impuesto de forma arbitraria al resto del mundo para poder comerciar con estados Unidos.
Ahora con este conflicto armado entre los gringos e Irán surge un nuevo arancel, del que muchos no se han percatado: Se trata de un ‘arancel invisible’ que no aparece en ninguna ley, pero sí en el precio del petróleo, en los seguros marítimos, en los fletes, en las expectativas de inflación y, por supuesto, en el tipo de cambio.
Retomo aquí una idea del economista sueco Erik Berglöf, lo que él llamó “impuesto geopolítico”.
Los mercados lo registran como prima de riesgo, pero la diferencia importa: una prima de riesgo se cotiza en un mercado y puede cubrirse; un impuesto se traslada a toda la cadena y no se puede esquivar.
El mecanismo es relativamente simple. Si el conflicto afecta al Estrecho de Ormuz —por donde fluye una quinta parte del petróleo mundial—, la presión no recae sólo sobre un insumo: recae sobre una arteria de la que depende buena parte del crudo y del gas natural licuado del planeta.
El Brent, que el viernes previo al inicio de hostilidades, se cotizaba en 72.48 dólares, tocó a la siguiente semana los 85.10, su máximo en 52 semanas. El WTI superó los 76 dólares. No es un sobresalto de un día: es una sesión consecutiva de alzas fuertes.
Pero el problema ya rebasó a Ormuz. Irán atacó la refinería saudita de Ras Tanura —dejó 550 mil barriles diarios fuera de línea—, las instalaciones de almacenamiento de Fujairah en Emiratos y el puerto de Salalah en Omán. Fujairah es precisamente la ruta alternativa para esquivar el Estrecho: el principal hub de almacenamiento del Golfo. Cuando se golpea la ruta principal y también ‘el bypass’, el impuesto crece.
Ese es el punto central. El problema no es únicamente energético. Es un aumento general de costos que, como ya le hemos comentado desde hace varios días, se filtra al resto de la economía. Sube el combustible, sube el traslado de mercancías, sube la presión inflacionaria y sube también la cautela de los bancos centrales para reducir tasas de interés.
La prestigiada firma de análisis e investigación de Wall Street, Bernstein Research, ya elevó su estimación del Brent para 2026 a 80 dólares, con un escenario extremo de 120 a 150 si el conflicto se prolonga. Deutsche Bank habla de ¡200 dólares! En caso de que Irán consiga imponer un cierre total con minas y misiles antibuque.
Lo sabe el gobierno de Estados Unidos, y por eso ha pedido que se escolte por el Estrecho de Ormuz a los buques petroleros.
Vista así, la guerra funciona exactamente como un impuesto.
Nadie lo vota, pero todos lo pagan. Lo paga el consumidor cuando aumenta el precio de la gasolina. Lo paga la empresa cuando se encarece su operación. Lo pagan los bancos centrales cuando se complica el combate a la inflación. Y lo pagan los mercados emergentes cuando el dólar se fortalece y la aversión al riesgo golpea monedas y activos financieros.
Globalmente, el dólar se apreció como refugio, el gasoil europeo saltó más de 11 por ciento y el gas holandés se disparó a máximos de cuatro años.
Esa es la ruta por la que un conflicto regional se convierte en un problema económico global. Y esa es también la razón por la que el dato realmente importante no es el del primer día de hostilidades, sino el de su duración.
Un sobresalto breve genera volatilidad. Un conflicto prolongado genera algo más serio: un recargo persistente sobre crecimiento, inversión y estabilidad financiera. JPMorgan advierte que una guerra de más de tres semanas agotaría la capacidad de almacenamiento del Golfo y forzaría cierres de producción.
Para México, el efecto no es lineal. Un mayor precio del crudo puede traducirse en ingresos petroleros adicionales, pero sería un error pensar que el país recibe limpio ese beneficio. México no es sólo exportador de petróleo; también es importador de combustibles y una economía altamente sensible a choques de inflación, de tipo de cambio y de confianza.
La presidenta Sheinbaum confirmó que el gobierno activará, si es necesario, el estímulo al IEPS para evitar que el alza del crudo se traslade al precio de las gasolinas, como ocurrió en 2022 con la guerra en Ucrania.
Pero ese mecanismo tiene un costo: cada peso que se deja de cobrar en IEPS es un peso menos de recaudación, justo cuando el margen fiscal no es amplio y la inversión ya venía frenada por la revisión del T-MEC, la desaceleración y la cautela empresarial.
El ‘impuesto geopolítico’ que podemos padecer en todo el mundo, incluido México, no sólo lo paga el consumidor, también pueden acabar pagándolo las finanzas públicas y toda la economía. Y eso, en un año de por sí estrecho, no es un tema menor.
