'La Bartola' para médicos de carne y hueso
La medicina mexicana tiene su propia Bartola: recibe recursos insuficientes y, aun así, debe resolverlo todo...
La medicina mexicana tiene su propia Bartola: recibe recursos insuficientes y, aun así, debe resolverlo todo. La canción de Chava Flores, conocida como «La Bartola», convierte la insuficiencia doméstica en humor. En un hospital, esa misma lógica deja de causar gracia: detrás de cada faltante hay una persona enferma y un médico obligado a explicar lo que no decidió. La realidad presenta la factura.
Son médicos de carne y hueso: viven, trabajan, enferman, tienen hijos, pagan sus cuentas y sienten miedo. No son piezas intercambiables ni reservas inagotables de sacrificio. Sin embargo, cuando la salud pública entra en crisis, se espera que aprieten su tiempo, su descanso y su vida familiar para que la maquinaria continúe. Después llega el discurso: productividad, compromiso, camiseta. Qué cómodo resulta administrar la vocación ajena desde un escritorio.
La desigualdad de recursos tiene respaldo documental. En Panorama de la Salud 2025, la OCDE reporta para México 2.7 médicos en ejercicio por cada mil habitantes, frente a 3.9 del promedio de sus integrantes. Registra también una cama hospitalaria por mil habitantes, contra 4.2. Estas cifras no describen cada hospital ni explican por sí solas todas las fallas, pero muestran el estrecho margen con el que se pretende responder a necesidades enormes.
Cuando más se les necesitó, durante la pandemia, los equipos sanitarios estuvieron frente al sufrimiento y la muerte. La OMS estimó que entre enero de 2020 y mayo de 2021 pudieron morir por COVID-19 entre 80 mil y 180 mil trabajadores de salud y cuidados en el mundo. Es una estimación mundial, no una cifra mexicana. Aun con esa precisión, la lección es contundente: proteger a quienes atienden constituye una obligación, no una cortesía institucional.
El médico que escucha una respiración difícil, sostiene una conversación dolorosa o reconoce a tiempo una urgencia hace algo que ningún boletín puede sustituir. A su lado están enfermeras, camilleros, laboratoristas y otros trabajadores indispensables. La respuesta sanitaria es colectiva; la responsabilidad de garantizar recursos también debe serlo. Sería indecente convertir su entrega en excusa permanente para tolerar carencias.
Reconocerlos exige más que aplausos y fotografías. Exige plantillas suficientes, insumos oportunos, seguridad, remuneración digna y descanso. Exige atención a su salud mental y autoridades capaces de escuchar una advertencia clínica sin tratarla como deslealtad. Quien señala un riesgo para el paciente está cumpliendo una responsabilidad profesional. Callarlo para proteger la apariencia de eficiencia equivale a confundir la reputación administrativa con la calidad de la atención.
También hay que decirlo: honrar la profesión implica exigir ética, actualización y rendición de cuentas a cada médico. La bata no concede impunidad. Precisamente por respeto a quienes trabajan con honestidad, deben investigarse las negligencias y corregirse las decisiones que dañan al paciente, provengan del consultorio o de la dirección. La dignidad profesional se defiende con conducta y con condiciones laborales que permitan ejercerla.
México necesita médicos vivos, escuchados y capaces de seguir cuidando. Ningún sistema merece presumir fortaleza si depende de agotar a quienes lo sostienen. A la Bartola hospitalaria ya no se le puede pedir otro milagro con las mismas monedas. La vocación merece respaldo; el paciente, atención digna. Y el poder al fin debe hacerse cargo.
