La gran elección
Durante siglos se ha considerado que profesiones como la medicina, el derecho o la ingeniería son indispensables...
Durante siglos se ha considerado que profesiones como la medicina, el derecho o la ingeniería son indispensables porque resuelven necesidades inmediatas: la salud, la justicia o la infraestructura.
En cambio, el arte suele verse como un lujo o un entretenimiento, cuando en realidad cumple funciones esenciales para la sociedad: construye identidad, preserva la memoria, desarrolla la creatividad, genera bienestar emocional y fortalece la cohesión social.
Lo paradójico es que nadie vive sin arte. Desde que una persona despierta escucha música, ve diseños gráficos, consume cine o series, lee, visita espacios arquitectónicos, celebra bodas con música, llora en funerales acompañados por un coro o un mariachi, y canta el himno nacional en ceremonias cívicas y deportivas.
El comentario, como música no se vive, es una gran mentira. Un músico profesional puede generar ingresos mediante la docencia, la interpretación, la dirección, los arreglos, la composición, la producción, la musicoterapia, la grabación, los espectáculos, la consultoría o la gestión cultural.
Muchas personas dicen que “la música no deja dinero”, pero cuando necesitan un mariachi para una serenata, una boda o un cumpleaños, descubren que contratar un grupo profesional cuesta varios miles de pesos por unas pocas horas de trabajo.
Lo que pagan no son únicamente esas dos horas: están pagando años de estudio, ensayos, instrumentos que cuestan decenas o cientos de miles de pesos, mantenimiento, transporte, vestuario y experiencia profesional.
Quizá el verdadero problema no es que el arte no tenga valor económico, sino que socialmente seguimos confundiendo valor con prestigio.
Alguien pregunta para qué sirve el arte; y lo hace rodeado de música, sentado en una silla diseñada por un artista, vistiendo ropa creada por un diseñador, viendo una pantalla llena de imágenes y palabras creadas por otros artistas.
Como director de orquesta y músico, lo he vivido muchas veces: cuando hay una crisis presupuestal, el primer recorte suele hacerse a la cultura. Sin embargo, cuando una ciudad quiere proyectar identidad, recurre precisamente al arte y esa contradicción es el gran desafío. ¿Ustedes qué opinan? Hasta la próxima semana.
