La IA y el cartel del ‘copy and paste’
En redes sociales ya podemos reconocer un tipo de cartel antes incluso de terminar de leerlo: fondo negro, letras amarillas, trazos y tipografías de apariencia urbana...
En redes sociales ya podemos reconocer un tipo de cartel antes incluso de terminar de leerlo: fondo negro, letras amarillas, trazos gruesos, tipografías de apariencia urbana y una composición que parece hecha con pinceladas; que sirve tanto para anunciar la venta de motocicletas como promocionar comida, solicitar empleados, ofrecer un servicio o invitar a una fiesta.
El fenómeno ya no se limita a las pantallas. Basta recorrer algunas calles para encontrar ese mismo diseño en lonas, cartulinas y anuncios colocados afuera de los comercios. Y no es que estén mal hechos ni que ese estilo no tenga utilidad: el problema aparece cuando una herramienta que promete ampliar nuestras posibilidades creativas termina convirtiéndose en una fábrica de imágenes idénticas.
Y aquí es donde vale la pena preguntarnos qué estamos haciendo con la inteligencia artificial (IA). Durante mucho tiempo hablamos de sus posibilidades para simplificar tareas, mejorar procesos y ayudarnos a crear cosas que antes requerían más tiempo o conocimientos especializados. Sin embargo, en la práctica, pareciera que una parte de sus usuarios entendió el mensaje de otra manera: si la IA puede hacer el trabajo, ¿para qué vamos a dedicarle tiempo a pensar cómo hacerlo mejor?
El problema no está en utilizarla para diseñar un anuncio. Al contrario, una persona que nunca estudió diseño gráfico puede encontrar en estas herramientas una manera accesible de comunicar sus ideas, pero una cosa es tener acceso a una herramienta y otras, saber aprovecharla.
Porque una cosa es pedirle a la IA que nos proponga un cartel y otra muy distinta aceptar el primero que entrega sin cuestionar si representa lo que queremos comunicar. Cuando una barbería, una tienda de pinturas, una estética, un restaurante y una empresa que busca empleados terminan utilizando prácticamente el mismo lenguaje visual, la pregunta deja de ser si la inteligencia artificial tiene creatividad, sino, cuando empezaremos a usar la nuestra.
La IA puede producir resultados convincentes, pero trabaja a partir de las instrucciones que recibe y de las posibilidades que ofrece el modelo. Si nosotros pedimos algo genérico y aceptamos la primera propuesta, no podemos sorprendernos cuando el resultado también lo sea: si no sabemos qué queremos comunicar, a quién queremos llegar o qué nos distingue de los demás, difícilmente obtendremos algo que nos diferencie.
Por eso, el verdadero valor no está solamente en aprender a escribir mejores instrucciones, los famosos prompts, sino en desarrollar el criterio necesario para evaluar las respuestas: saber pedir es importante, pero también lo es saber corregir, descartar, comparar y volver a intentar hasta lograr un resultado acorde a lo que necesitamos y con un grado de originalidad.
Además, hay una diferencia entre aprovechar la IA para ahorrar tiempo y utilizarla para dejar de pensar. El tiempo que ganamos al automatizar una tarea podría servirnos para revisar detalles, experimentar con nuevas ideas o mejorar el resultado.
Y esto va mucho más allá de los anuncios. El cartel es apenas un ejemplo visible de una costumbre que puede extenderse a la escritura, la fotografía, la publicidad, el trabajo y prácticamente cualquier actividad en la que la inteligencia artificial intervenga. Si aceptamos sus primeras respuestas sin examinarlas, poco a poco podemos acostumbrarnos a delegar no solo la ejecución, sino también las decisiones que deberían orientar nuestro trabajo.
Al final, la inteligencia artificial puede poner la herramienta en nuestras manos, pero lo que jamás debe hacer por nosotros es decidir cuánto estamos dispuestos a aportar y mejorar nuestra realidad.
