La lección del 2025
El sargazo volvió antes de lo previsto. Cuando apenas comienza el año, las manchas marrones ya se asoman en distintos puntos de la costa de Quintana Roo...
El sargazo volvió antes de lo previsto. Cuando apenas comienza el año, las manchas marrones ya se asoman en distintos puntos de la costa de Quintana Roo, recordándonos que este fenómeno dejó de ser estacional para convertirse en una constante. Ya no se trata de si llegará, sino de cuándo y cómo nos encontrará preparados —o no— para enfrentarlo.
Que la temporada de sargazo se haya adelantado este año no debería sorprender a nadie. Desde hace casi una década, científicos, prestadores de servicios turísticos y comunidades costeras han advertido que el problema se agrava y se transforma. El cambio climático, el aumento de nutrientes en el Atlántico y la falta de una estrategia integral han hecho del sargazo un visitante permanente.
Sin embargo, la reacción institucional suele repetirse con improvisación, urgencia y soluciones parciales.
El recién concluido 2025 fue, una vez más, un año de contrastes. Por un lado, se anunciaron inversiones millonarias, nuevas tecnologías, barreras marítimas, embarcaciones recolectoras y proyectos para aprovechar el sargazo como recurso. Por otro, en muchas playas el alga siguió acumulándose, afectando la imagen del destino, la economía de pequeños negocios y la calidad de vida de quienes viven frente al mar.
La pregunta obligada es si 2025 dejó algo más que discursos y fotografías oficiales. Ojalá haya dejado conocimiento. Ojalá haya servido para entender que el sargazo no se combate solo cuando ya está en la arena, sino mucho antes; que no basta con limpiar playas emblemáticas mientras otras quedan relegadas; y que el problema no puede seguir recayendo principalmente en hoteles y trabajadores turísticos que hacen lo que pueden con recursos limitados.
Combatir mejor el sargazo implica planificación a largo plazo, coordinación real entre los tres niveles de gobierno, respaldo científico constante y transparencia en el uso de recursos. Implica también escuchar a quienes están en la primera línea: pescadores, cooperativas, autoridades municipales y comunidades que año con año enfrentan los efectos ambientales y económicos del fenómeno.
La llegada temprana del sargazo este año debería ser una llamada de atención. No hay margen para la sorpresa ni para el pretexto. Si el conocimiento acumulado en 2025 no se traduce en acciones más eficaces en 2026, entonces habremos perdido algo más valioso que una temporada turística: la oportunidad de adaptarnos con inteligencia a una realidad que ya cambió.
Quintana Roo ha demostrado capacidad para reinventarse frente a huracanes, crisis económicas y pandemias. El sargazo exige ese mismo nivel de seriedad y visión. No como una emergencia pasajera, sino como un reto estructural que definirá el futuro ambiental y turístico del Caribe mexicano.
Porque el sargazo, como ya vimos, no espera. Y el tiempo para aprender —y aplicar— tampoco debería hacerlo.
Además, es necesario reconocer que el sargazo no es solo un problema ambiental, sino también social. Cada arribo masivo impacta el empleo, reduce ingresos y profundiza desigualdades, sobre todo en comunidades donde el turismo es prácticamente la única fuente de sustento. Mientras algunos complejos cuentan con recursos para mitigar los efectos, pequeños prestadores, vendedores ambulantes y pescadores resienten con mayor fuerza la falta de una estrategia equitativa y solidaria.
Finalmente, el combate al sargazo también pasa por la comunicación honesta con la ciudadanía y los visitantes. Minimizar el problema o maquillarlo solo genera desconfianza y afecta la reputación del destino a largo plazo. Informar con claridad, mostrar avances reales y reconocer pendientes puede ser tan importante como cualquier barrera o embarcación recolectora. Porque enfrentar el sargazo con seriedad no solo es una obligación ambiental, sino un compromiso con quienes viven del mar y con el futuro de Quintana Roo.
