La otra derrota de Argentina
Cada Mundial deja héroes y villanos. Sin embargo, pocas veces nos detenemos a pensar que el torneo más importante del planeta...
Cada Mundial deja héroes y villanos. Sin embargo, pocas veces nos detenemos a pensar que el torneo más importante del planeta también pone en juego algo mucho más difícil de recuperar que una copa: la reputación internacional de un país.
Argentina perdió la final. Cierto: eso forma parte del deporte, pero lo verdaderamente preocupante ocurrió después del silbatazo final, cuando comenzó a hacerse evidente el desgaste de uno de los activos más valiosos que tenía para proyectarse hacia el mundo: su soft power.
El soft power es la capacidad de un país para influir o despertar admiración sin recurrir al poder económico o militar. Estados Unidos exporta buena parte del suyo mediante Hollywood y la música; Japón lo hace con el anime y la tecnología; Italia con la gastronomía y el diseño; México con su enorme riqueza cultural. Argentina, durante décadas, encontró en Lionel Messi y su selección nacional de fútbol uno de sus mayores embajadores.
Por eso resulta tan llamativo lo ocurrido durante este Mundial, no porque Argentina haya perdido la final o las polémicas que aparecen prácticamente en cualquier torneo importante. Lo que terminó erosionando la imagen internacional del fútbol argentino fue otra cosa: la acumulación de comportamientos que, amplificados por las redes sociales, terminaron convirtiéndose en la narrativa dominante.
Basta con que miles de videos, discusiones, burlas y enfrentamientos circulen durante semanas para que el algoritmo haga el resto. Poco importa si representan a una minoría de aficionados o si muchos jugadores jamás participaron en esos episodios. La percepción comienza a sustituir a la realidad y, cuando eso ocurre, el daño deja de ser deportivo para convertirse en cultural.
Generalizar siempre resulta injusto. Argentina es infinitamente más grande que once futbolistas, que un grupo de aficionados exaltados o que las discusiones propias de un Mundial. Reducir a un país entero a los momentos más desagradables de una competencia deportiva sería tan absurdo como definir a cualquier otra nación únicamente por los errores de algunos de sus representantes.
Sin embargo, tampoco sería correcto ignorar que el desgaste existe. Algunos han comenzado a hablar incluso de una supuesta "argentinofobia". Personalmente, cuesta encontrar evidencia de una campaña organizada para desprestigiar al país. Lo que sí parece evidente es una narrativa digital que ha golpeado con fuerza uno de sus principales símbolos internacionales.
Vivimos en una época donde las redes sociales tienen la capacidad de amplificar virtudes, pero también defectos. Un campeonato construye admiración durante años; unas cuantas semanas de confrontación permanente pueden deteriorarla con una velocidad sorprendente por que el algoritmo no distingue entre una excepción y una regla.
Por eso conviene resistir la tentación de convertir los estereotipos en verdades absolutas. No todos los argentinos son soberbios, como tampoco todos los mexicanos somos narcos, todos los franceses arrogantes o todos los estadounidenses superficiales. Los países nunca caben dentro de un hilo de X, un video de TikTok o un meme compartido millones de veces.
Quizá la mejor manera de ayudar sea justamente esa: negarnos a alimentar narrativas que convierten la pasión deportiva en prejuicio permanente. El fútbol terminará encontrando nuevos campeones, pero si algo nos ha enseñado esta era digital es que destruir un soft power puede tomar apenas unas cuantas semanas; reconstruirlo, en cambio, puede llevar toda una generación.
Por eso, cuando la euforia del Mundial finalmente se apague, quizá también convenga recordar que Argentina sigue siendo mucho más que un resultado, una selección o una discusión en redes sociales. Si somos capaces de separar la pasión del prejuicio, no solo estaremos haciéndole un favor a los argentinos, sino también a nosotros mismos, porque estaremos defendiendo la idea de que ningún pueblo merece ser definido por el peor momento de su narrativa digital.
