‘Lo vi en la IA’: más respuestas con menos argumentos

Defender el uso de la Inteligencia Artificial (IA) no implica asumir que sirve para todo. Esa es, quizá, la primera trampa en la que estamos cayendo. La IA es útil...

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Defender el uso de la Inteligencia Artificial (IA) no implica asumir que sirve para todo. Esa es, quizá, la primera trampa en la que estamos cayendo. La IA es útil, potente y cada vez más precisa, pero también corre el riesgo de convertirse en un atajo permanente que, lejos de facilitarnos la vida, empobrece la forma en la que pensamos y procesamos la información.

Hoy es común ver a personas que preguntan absolutamente todo a la IA: desde para qué sirve una medicina hasta el significado de regalar cierta flor; desde decisiones mínimas hasta temas que requieren contexto, experiencia o criterio personal, como la salud mental. Ese uso constante y automático empieza a parecer menos una herramienta de trabajo y más a una muletilla o pretexto para dejar de razonar. Y ahí es donde la cosa deja de ser saludable.

Es cierto: uno de los grandes beneficios de la IA es el ahorro de tiempo. Automatiza procesos, resume información y ordena datos con una eficiencia envidiable, que nos permite enfocarnos en lo importante: tomar decisiones y elaborar criterios propios, ajustados a nuestra necesidad real.

El problema aparece cuando ese ahorro de tiempo no se traduce en creación, análisis o reflexión, sino únicamente en consumo rápido de respuestas. Dejamos de usar la información para construir algo propio y nos conformamos con repetir lo que “dijo la IA”, así como decimos “lo vi en Tiktok”.

¿Por qué ocurre esto? A diferencia de los buscadores tradicionales, la inteligencia artificial no nos presenta una lista de opciones que exigen lectura, comparación y criterio. Nos entrega una respuesta elaborada por el algoritmo, a su vez, basado en lo que otras personas buscaron sobre el mismo tema, a partir de múltiples fuentes que ni siquiera necesitamos revisar. No hay clics ni interacción. Sólo una respuesta directa que parece suficiente para salir al paso.

Y esa facilidad es su mayor encanto… y su mayor riesgo. Porque cuando dejamos de preguntarnos de dónde viene la información, por qué es relevante para nosotros o si aplica a nuestro contexto, la respuesta pierde profundidad. Se vuelve una verdad prestada, sin raíces, defendida únicamente con el argumento de “lo vi en la IA”, haciéndola olvidable porque no nos costó “ni una neurona” encontrarla.

La paradoja tecnológica se repite: una herramienta diseñada para ampliar nuestras capacidades termina reduciendo nuestro esfuerzo cognitivo. No porque la IA sea el problema, sino porque no hemos aprendido a decidir cuándo usarla y cuándo no.

La inteligencia artificial no debería reemplazar la curiosidad, el criterio ni la experiencia. Debería potenciarlos. Usarla para todo no nos vuelve más eficientes; nos vuelve intrascendentes. Y quizá el verdadero reto no es mejorar la IA, sino recordar que saber buscar, contrastar, leer y entender, sigue siendo base de la verdadera inteligencia, no de la artificial.

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