Morena, víctima de su propio éxito
Morena cumplió su cometido. Llegó al poder en 2018 y lo refrendó en 2024. Se convirtió en la fuerza política dominante del país...
Un partido político creado exprofeso para ganar la Presidencia de México empieza a hacer agua.
Morena cumplió su cometido. Llegó al poder en 2018 y lo refrendó en 2024. Se convirtió en la fuerza política dominante del país y prácticamente borró del mapa al partido que durante décadas gobernó México. Pero ahora, paradójicamente, su mayor amenaza no está afuera, sino adentro. Morena comienza a ser víctima de su propio éxito.
El problema es que la fuerza que lo llevó hasta donde hoy se encuentra también despertó la codicia de muchos de sus integrantes, particularmente de aquellos que consideran que tienen suficientes credenciales, méritos o capital político para reclamar una candidatura. Y cuando no la obtienen, aparece la rebeldía.
¿Pero cómo exigir institucionalidad a quienes no aprendieron de ella desde el origen?
¿Cómo detener a los militantes que aspiran a un cargo, si el propio Andrés Manuel López Obrador renunció primero al PRI porque no fue el abanderado para la gubernatura de Tabasco y, posteriormente, hizo lo propio con el PRD cuando no obtuvo la candidatura presidencial?
¿Cómo pedir disciplina cuando el ejemplo fue anteponer aspiraciones personales a la viabilidad partidista, a la fuerza institucional?
Pero, cierto es que la estrategia le funcionó. Y vaya que le funcionó. López Obrador terminó destronando al PRI, debilitó hasta la agonía al PRD y construyó Morena como el vehículo que finalmente lo llevó a la Presidencia de la República.
El problema es que aquella fórmula de rebeldía que resultó extraordinariamente eficaz para conquistar el poder puede convertirse ahora en el veneno que termine por destruirlo. Parece que esto se ha salido de control…
Porque cuando la libertad se confunde con libertinaje, la democracia interna deja de ser una virtud y se convierte en un arma contra la propia organización.
Entonces cualquier hijo de vecino puede sentirse con los tamaños, las credenciales y los apoyos suficientes para proclamarse candidato. Y si el partido decide que no es él, puede convertirse de inmediato en adversario del propio partido y, peor aún, de quienes sí fueron designados como sus abanderados. Eso es lo que comienza a observarse en Morena.
Una organización en la que demasiados quieren ser generales y cada vez son menos los dispuestos a asumir el papel de tropa.
Una especie de cubeta de cangrejos: cuando uno comienza a subir, los demás se encargan de jalarlo hacia abajo.
Y el problema se vuelve mayor porque hoy no existe un liderazgo con la autoridad suficiente para poner orden sin ser acusado inmediatamente de autoritario o antidemocrático.
Ni siquiera Andrés Manuel López Obrador -desde fuera del partido- ni Claudia Sheinbaum pueden ejercer una conducción absoluta sin provocar resistencias internas.
Por eso hay quienes comienzan a sostener una hipótesis que hace algunos años habría parecido descabellada: la próxima fuerza política capaz de confrontar seriamente a Morena podría no surgir del PRI, del PAN o de cualquier otro partido tradicional. Podría nacer del propio Morena.
De una fractura.
De un grupo de inconformes que, ante la imposibilidad de alcanzar una candidatura, decida llevarse consigo estructura, militantes, operadores y capital político para construir una nueva alternativa.
Porque la historia política de México demuestra que los grandes partidos no siempre mueren por la fuerza de sus adversarios. A veces se suicidan desde adentro.
Y Morena, hoy poderoso, corre precisamente ese riesgo.
Créalo, amable lector: para que eso ocurra, quizá ya no falta tanto.
