Necesidad del silencio
“El silencio es el lenguaje con el que Dios habla al alma”, San Juan de la Cruz.
La avalancha de ruido a la que estamos expuesto cada vez más, es impresionante. La podríamos llamar contaminación acústica. Hay exceso de ruido por todos lados, la velocidad de la vida nos lleva a siempre tener algo que hacer. Uno corre de aquí para allá, en el coche, en la casa, en el trabajo, uno está conectado al celular, radio, música, noticias; siempre hay ruido.
El corazón humano y la mente humana, el alma del hombre y la mujer anhelan momentos de silencio. La estimulación constante puede dejar al espíritu embotado.
El ruido nos distrae, y nos es imposible pensar en uno mismo, y menos hacer introspección, para ver si las decisiones que estoy tomando van en el camino correcto. Poder entrar dentro de uno mismo, alejarse de todo, solo se necesita un rato de silencio que es un gran regalo, que cada uno nos podemos dar.
Leyendo el Evangelio, nos damos cuenta que Jesús vivió en un tiempo con muchas menos distracciones; sin embargo, se retiró al desierto, en silencio. Y es en el silencio que podemos escuchar la voz de Dios.
Ahora que acaba de terminar el Adviento, un rato de silencio todos los días, para poder encontrar a Dios, que solo puede ser encontrado en un corazón imbuido e impregnado de silencio. Y es en las profundidades de nuestra alma en profundo silencio que podemos admirar el gran misterio de la ternura del Niño Jesús. Si nos mantenemos distraídos por tantas cosas, estaremos precisamente: distraídos.
Al estar solos con nosotros mismos en silencio, podremos llegar al autoconocimiento, a saber, quiénes somos en realidad, tanto lo noble como lo innoble, lo virtuoso y lo vicioso, las luces y sombras de nuestra vida. Muchas están escondidas, en los últimos rincones del corazón.
Es en los momentos de silencio que podemos llegar a un pensamiento más profundo, dando como resultado las buenas decisiones, que nos bendecirán tanto a nosotros como a nuestra familia.
Es en el silencio donde podemos escuchar a Dios, podemos hablar con Dios. Entrando en el silencio del Adviento, podremos saborear el nacimiento del Niño Dios. Es en el silencio de lo más profundo del corazón, allí donde uno se encuentra consigo mismo, y como dice San Agustín, es allí donde se encuentra la Verdad.
