Zapatero a tu zapato, basta de improvisados

En entregas previas, a través de Novedades, hemos dado cuenta de la “cuesta abajo en el sector salud”, en los últimos años,,,

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En entregas previas, a través de Novedades, hemos dado cuenta de la “cuesta abajo en el sector salud”, en los últimos años, y que de las estrategias implementadas tan sólo hemos obtenido magros resultados. Los estados como Yucatán, Campeche y Quintana Roo, no son la excepción.

Hay errores que cuestan dinero, y hay errores que cuestan vidas. La improvisación en la administración hospitalaria pertenece a la segunda categoría.

Persistir en la idea de que cualquier médico puede administrar un hospital por el simple hecho de portar una bata blanca es un error que ha resultado demasiado costoso. La medicina y la administración hospitalaria son profesiones complementarias, pero distintas. Una salva vidas desde el consultorio y el quirófano; la otra tiene la responsabilidad de construir las condiciones para que miles de profesionales puedan hacerlo todos los días.

Administrar un hospital significa dirigir presupuestos de cientos o miles de millones de pesos, coordinar recursos humanos, garantizar abastecimiento, implementar sistemas de calidad, supervisar indicadores, enfrentar auditorías, transparentar el uso del dinero público y responder por la seguridad de pacientes y trabajadores. Pensar que esas capacidades aparecen automáticamente con un título de médico es tan absurdo como creer que un excelente administrador puede realizar una cirugía cardiovascular.

Sin embargo, durante años hemos observado cómo algunos cargos directivos parecen responder más a intereses políticos, lealtades personales o cuotas burocráticas que a perfiles profesionales rigurosamente evaluados. El resultado no siempre aparece en los discursos oficiales, pero sí en las salas de espera saturadas, en los equipos descompuestos durante meses, en la escasez recurrente de medicamentos, en los trabajadores agotados y en los pacientes que ven retrasada su atención.

La crisis del sistema de salud no puede explicarse únicamente por la falta de presupuesto. También es consecuencia de decisiones administrativas equivocadas, de liderazgos débiles y de una cultura institucional que, con demasiada frecuencia, confunde la obediencia con la capacidad. El costo de esa confusión termina recayendo sobre quienes menos pueden defenderse: los pacientes.

Nadie cuestiona que existan médicos con extraordinarias capacidades para dirigir instituciones. Los hay, y muchos han demostrado que es posible combinar excelencia clínica con liderazgo administrativo. Pero precisamente por respeto a ellos, también debe exigirse que quienes aspiren a esos puestos acrediten preparación formal en administración hospitalaria, salud pública, gestión estratégica o disciplinas afines, además de experiencia comprobable y resultados verificables.

La salud no admite improvisaciones. Cada decisión tomada desde una oficina repercute en un quirófano, en una cama de hospital, en una consulta retrasada o en una familia que espera una respuesta. Cuando la incompetencia administrativa se instala en la dirección de una institución sanitaria, deja de ser un problema burocrático para convertirse en un problema de salud pública. Basta de directivos a modo, necesitamos conocimiento, ética y resultados.

Quizá haya llegado el momento de recuperar un principio tan simple como poderoso: zapatero a tu zapato. Porque dirigir un hospital exige algo más que buenas intenciones; exige preparación, liderazgo, transparencia y la convicción de que administrar bien también salva vidas.

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