Insuficiente esfuerzo, la niñez enferma
Debate y salud, columna de Jacinto Herrera León: Insuficiente esfuerzo, la niñez enferma
En pocos días, habrá festejos por doquier, toda vez que cada 30 de abril se festeja el Día del Niño desde hace 102 años, cuando en 1924 el otrora presidente Álvaro Obregón lo instituyó. Desde entonces ha habido grandes evoluciones en cuanto al cotidiano devenir del infante, pero la permanente amenaza de una salud poco vigilada ahorca su futuro.
México arrastra desde hace años una de las cifras más altas de sobrepeso y obesidad infantil. Pero más preocupante aún son las consecuencias, sumando numerosos escolares que hoy desarrollan enfermedades que antes eran privativas de los adultos, como la diabetes mellitus tipo 2. Los estilos
de vida han cambiado con rapidez y el acceso a alimentos ultraprocesado es cada vez más sencillo, pero más dañino.
El uso de dispositivos electrónico no es, por sí mismo, el enemigo. La tecnología ha llegado para quedarse y también educa, conecta y entretiene. El problema surge cuando sustituye lo esencial: el juego físico, el descanso adecuado y la convivencia activa. Un niño que pasa varias horas al día frente a una pantalla no solo se mueve menos; también duerme peor, come distinto y, muchas veces, consume más alimentos de baja calidad nutricional.
Durante años, el discurso ha colocado el peso de la responsabilidad en la familia. “Coman mejor”, “hagan ejercicio”, “limiten el uso de pantallas”. Son recomendaciones correctas, pero incompletas. Porque este problema ya no es individual: es social.
Las familias, sin duda, tienen un papel central. Son el primer filtro, el primer ejemplo, pero no pueden luchar solas contra un entorno que empuja en sentido contrario. Las escuelas deberían ser espacios de formación integral en salud, y sin embargo siguen rodeadas de alimentos perniciosos y con, amén de escasas oportunidades reales de actividad física estructurada.
El sistema de salud llega, con frecuencia, tarde. Detecta cuando el problema ya está instalado. Falta fortalecer la prevención, el seguimiento temprano, la educación continua. No basta con medir peso y talla; hay que intervenir antes de que la enfermedad se consolide. Y luego está la industria, silenciosa pero poderosa. Mientras un médico habla de alimentación balanceada, una pantalla sugiere lo contrario en cuestión de segundos.
Regular la publicidad no es censura; es protección. Limitar el acceso a productos ultraprocesados (llenos de químicos) en entornos escolares no es imposición; es prevención. Fomentar espacios públicos seguros para el ejercicio no es un lujo; es una inversión en salud.
Urge establecer límites claros al tiempo de pantalla, no solo como recomendación médica, sino como política educativa y social. Menos horas frente a dispositivos significan más tiempo para el movimiento, el descanso y la interacción humana. La obesidad infantil y la diabetes se construyen,
poco a poco, con malas decisiones cotidianas. Ya es un problema de salud pública.
La infancia de hoy no debe ser recordada por la quietud, sino por el movimiento. No por la luz de una pantalla, sino por la vitalidad de un juego. Recuperar ese equilibrio no es tarea de uno solo: es una responsabilidad compartida, porque lo que está en juego no es solo el peso de una generación, sino SU FUTURO.
