La espera
Lecturas, columna de Julia Yerves Días: La espera
Somos entes que esperan. Y en ese esperar, en ese espacio de tiempo que la mayoría de las veces no puede medirse, tenemos encuentros con nosotros mismos. Esperar enoja, cansa, desespera, inquieta. Esperar también calma, da perspectiva, nos permite prepararnos para todo, o para nada.
De niña el tiempo me parecía infinito. Transcurría lento entre una vida sin más entretenimiento que mis hermanos y la tendencia imaginaria en turno para jugar. Nunca sabía la fecha del día, o si la sabía, era un conocimiento mecánico para marcar las hojas de los cuadernos sin entender el impacto de ciclos escolares comenzando y terminando sin fin.
Ahora soy una espera constante, una conciencia de lo que viene, de lo que falta, de lo que se ha retrasado, de días que corren delante de mis ojos y a tiempos se detienen para gritarme el número que representan y así recordarme que todo pasa rápido, que sí hay prisa, que no hay tiempo. No es una mala espera; existen peores.
En “La espera” de Jorge Luis Borges, estamos frente a un tipo de expectación diferente que promete tanto incomodar como intentar distraernos ante la idea de que los tiempos entre un evento y otro, por más duros que puedan venir, puede ser apacibles, negociables.
Un hombre llega a Buenos Aires con la certeza de que vendrán por él; lo matarán. ¿Cuándo? No lo sabe y tampoco intenta saberlo. Ignoramos, por nuestra parte, por qué lo van a matar. Sin embargo, una vez comenzada la lectura nos instalamos junto a él sin ser conscientes de que también estamos esperando.
El cuarto que alquila es suficiente. El barrio también lo es. La pequeña rutina que establece también lo es y no sufre ante la idea de su muerte. Es más, juega con eso y como prueba, se ha registrado en la pensión con el nombre de su justiciero: Villari.
Va al cine, recorre el barrio, interactúa con la casera, con los niños y con la vida misma. Su espera corresponde al segundo tipo antes mencionado: no le produce pánico, ni remolinos estomacales, tampoco impulsa sus rodillas para temblar en un frenesí nervioso.
Lejos de sus sueños vívidos incontrolables, Villari víctima no tiene problema con la llegada de Villari justiciero. ¿Por qué? Porque controló la espera, la hizo trabajar para él, la abrazó, la hizo suya sin miedo y con propiedad.
Su expectación es resignación, resiliencia final y alegre alivio. El día de su fin, con Villari original en su habitación, se dio la vuelta en la cama y siguió durmiendo hasta la descarga de arma.
