El árbol

Lecturas, columna de Julia Yerves Díaz: El árbol

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No lo recuerdo muy bien. Pero el día que cortaron el árbol de la casa de los abuelos, se hizo una junta familiar para llevar a cabo una ejecución limpia y honorable. Mi abuelo fue el maestro de la orquesta de brazos maduros y brazos tiernos. Días antes, la queja de la dama de a lado había escalado gracias a su posicionamiento en la ciudad y las hojas, inocentes en su naturaleza de caer gracias al viento, a la lluvia, a la gravedad; habían sido sentenciadas por sucias y por estorbantes.

Cada familia, casi por grupos, pasó a terminar el trabajo; el tronco. Recuerdo a mi padre, a mis tíos, a mi hermano mayor entonces adolescente. Recuerdo los vasos sudados de cerveza refrescante y el trajín del ensamble de la chicharra en la cocina. Yo, un ente flotante, estaba sintiéndolo todo; las risas y la tristeza.

En “El árbol”, cuento de la escritora chilena María Luisa Bombal, conocemos la historia de un matrimonio como cualquier otro en el mundo. Ellos, tras años sin niños y sin aparente novedad, viven entre la separación y la resignación de estar bien con la idea de encontrar la felicidad en lo estable del aburrimiento. Su rutina eterna de pronto tiene matices de emoción cuando el árbol, elemento fundamental de su vida, cambia y se mueve de acuerdo a las estaciones.

Es un árbol precioso, enorme, de ramas frondosas y protectoras que los alejan del exterior, del mundo que avanza con rapidez y de las dinámicas de vida que no tienen nada que ver con ellos. Cada batalla marital, cada roce y cada grito de pulsión por separación, se ve disipada gracias al árbol y a la suerte de tenerlo para encontrar un él un descanso a los ojos y una tregua por días, semanas y meses.

Un amanecer, el ruido de la sierra y el estruendo posterior del cuerpo natural en el suelo alertan a la mujer de la tragedia. En un golpe seco y por órdenes del comité vecinal, el árbol cae. La luz, arma violenta que expone la fealdad de su realidad y las arrugas del esposo, entra para cortar el espíritu de la mujer. Están desnudos. Desnudos de protección y ante las paredes expuestas que lo gritan todo. Desnudos ante los ojos de un vecindario que vive indiferente a su dependencia por ese gigante y verde monstruo amable.

El grito, la fragilidad y la desconexión se instalan para siempre al compás de viejas discusiones renovadas y la promesa de nuevas por venir. Quienes se miraban en la sombra que los acogía terminaron por desconocerse ante la luz. Es, para la mujer, hora de partir. 

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