La sabiduría en una jaula
Letras al viento, columna de Karla Martínez Herrera: La sabiduría en una jaula
El libro “Yo, Sor Juana. Mujer volcán”, del escritor mexicano Pedro J. Fernández, retrata la vida de la erudita de las letras mejor conocida como la Décima Musa o el Fénix de América, de una forma íntima, personal. ¿Quién no ha conocido parte de la vida de Sor Juana Inés de la Cruz, en alguna materia de la secundaria? Sin embargo, esta entrega de Fernández es un gran trabajo de investigación donde nos comparte datos pocos conocidos de la poeta.
Bautizada como Juana Inés de Asbaje y Ramírez de Santillana, desde muy pequeña tuvo interés en las letras, al ver a su hermana mayor tener una tutora que le enseñaba sobre diversas materias, pero,
sobre todo, a leer y escribir. Esto a Juana la cautivó desde un primer momento y decidió quedarse sentadita, de oyente, todas las tardes al lado de su hermana para ir aprendiendo todo lo que pudiera.
El abuelo de Juana Inés contaba en casa con una gran biblioteca, que, al momento de descubrirla, se volvió en el lugar favorito de la poeta, en el que se pasaba las vastas horas sumergida en otros siglos, en otras voces. Comenzó a escribir sus pensamientos y a exponer los sentimientos más profundos con forme pasaba el tiempo.
El autor nos pone a los lectores en alerta, dándonos una idea de lo que le esperaba a Juana Inés si seguía por el camino poco establecido para las mujeres, como lo era la escritura, y en un párrafo contundente nos lo revela: “La pluma es peligrosa, desgarra el alma de aquella mujer que la usa. Cada Palabra trazada en el papel es un fragmento de su ser, un destello de sus más profundos pensamientos y emociones…
Así, aunque escribir duela, es un tormento que abrazo, con fervor, pues sé que en esa entrega reside la verdad más pura de mi ser, y la posibilidad de tocar el corazón de otros con la misma intensidad con que el mío late al crear”.
La vida de Juana Inés pasó por varios hogares, su familia la envió con su hermana a México para que aprendiera sobre las tareas dignas de una “mujer”, pero estando ahí el sueño de la poeta fue vivir en el palacio de los Virreyes, y para poder entrar tuvo que dar entrega de toda su creatividad. Acunada por éstos, reside varios años cerca de las autoridades más prominentes de la Nueva España, pero viéndolo con malos ojos los hombres de la iglesia, en especial su confesor, quién le haría la vida imposible por atreverse a escribir y a pensar por sí misma.
Por él Juana Inés tuvo que recluirse en un convento, ya que solo le daba dos opciones para su vida, o se casaba o tomaba el hábito, y se inclinó por este último, convirtiéndose en Sor Juana Inés de la Cruz, mujer que no declinó en sus más fuertes anhelos y que nos deja una muy poderosa enseñanza: aunque trataron de marginarla y apartarla del mundo, sus letras e ímpetu fueron más fuertes que cualquier castigo, convirtiéndola en una de las mujeres más importantes dentro de la literatura universal.
