Simbiosis existencial
Letras al viento, columna de Karla Martínez Herrera: Simbiosis existencial
Una de las grandes maravillas de la literatura es ir conociendo y descubriendo nuevos textos, otros autores, otras voces, formas de pensar, etc. Hace unos días llegó a mis manos el libro “Los años falsos” (1982), de la escritora tabasqueña Josefina Vicens. Cabe recalcar que nunca había leído nada de ella, y que, a través de la lectura del libro mencionado, ya me dieron ganas de ir conociendo más sobre sus distintas obras para seguir disfrutando de su extraordinaria pluma.
La escritora retrata la historia de Alfonso Fernández, cuyo padre lleva el mismo nombre que él, y ha fallecido de manera súbita y trágica. El protagonista, al encontrarse al pie de la tumba paterna, comienza a recordar la vida al lado de su progenitor; desde su infancia, hasta la juventud, así como las huellas y grandes expectativas que ha cargado sobre sus hombros.
Con una prosa sobria, elegante e introspectiva, Vicens nos invita a los lectores a reflexionar sobre los ideales que los padres van formándose a través de los hijos, y ese gran peso silencioso que implica el ser como ellos esperan. Que recorran el camino que han trazado para mantenerlos en el pedestal.
Alfonso Fernández no solo vive el duelo, sino en la presión de que tiene que convertirse en el hombre de casa para poder proteger a su madre y a sus hermanas gemelas. Por lo que deja atrás su juventud, para intentar reproducir de alguna manera, la vida de su padre, como si esa fuera la única forma de honrar su memoria.
Dentro de la narrativa se va formando una simbiosis interesante, entre el que está enterrado y el que sigue vivo, a veces al protagonista le cuesta identificarse, pero muy en el fondo hay una resistencia que grita por salir a flote para dejar de ser una copia “barata” de su padre.
Para empezar, les pide a los amigos de su papá que lo llamen por su nombre, ya que, a su difunto progenitor, lo nombraban con el apodo de “Poncho”. Segundo, no le gustaba ser el chalán del Diputado para el que trabajaba su padre, e inconscientemente evitaba a toda costa replicar ciertas formas. “Tus amigos me han hecho de ti un retrato fiel: eras el más macho de todos, el más atravesado y el más disparador…Ahora yo tengo que hacerlo. ¿Por qué papá?”
Esos años falsos significan el vivir una vida prestada, siendo la réplica de alguien más, en contra de voluntades, gustos e intereses; el tedio de tener que llenar los zapatos de alguien más. Una existencia construida a base de errores, deficiencias y sin sabores.
Son años en los que el protagonista, en vez de seguir avanzando, se queda estancado, tratando de descubrir realmente quién es. La falsedad no radica en una mentira explícita, sino en vivir una vida que no le pertenece.
Y precisamente estando parado al pie de la tumba, desea fervientemente: Morirse, tener su propia caja, su lápida, su reja, su cruz, su bugambilia, sus propios gusanos. “Tengo derecho, ya que no lo tuve a la vida, a tener una muerte entera”.
