Escribir desde la nostalgia
Karla Martínez: Escribir desde la nostalgia.
En la vida hay diversos sentimientos que nos invaden, días en los que uno predomina más que otro, y es en lo personal cuando trato de sacar el mayor provecho, en este caso, de escribir desde la nostalgia. Aquella que nos incita a través de un recuerdo, lugar, aroma, presencia, la que nos hace estremecer, y sentir un vacío desde lo profundo del ser.
La escritura es una herramienta de liberación que ayuda a desintoxicar el alma y el existir, que nos invita a reflexionar y reacomodar ideas, emociones, así como a replantear nuestro destino, metas y sueños.
El otoño llega y con él los colores ocres, anaranjados, el viento gélido y desamparado que nos hace añorar el paso al invierno para poder redimir los flagelos.
Como diría Joe L. Wheeler: “Hay algo increíblemente nostálgico y significativo en la caída anual de hojas otoñales”, y es por la conciencia de que todo es efímero, los momentos, las personas, así como las adversidades, pero los recuerdos permanecen, indisolubles, imborrables y los arrastramos en los pensamientos presentes donde crean cierto arraigo a nuestra existencia.
La nostalgia de ver cómo pasa el tiempo, cómo el mundo cambia sin mirar atrás, así como nuestra seguridad y tranquilidad se ve mermada por el incremento de la violencia desenfrenada, de advertir que todo lo que conocíamos se va evaporando poco a poco sin dejar rastro.
Un sentimiento amargo recorre mis sentidos y no se detiene; sólo queda mirar hacia adelante, seguir caminando con pasos firmes y dentro de mis posibilidades y acciones aportar un poco de humanidad y sentido para ir logrando un equilibrio.
¿Será que nos estamos convirtiendo en una generación nostálgica? La nostalgia es tan antigua como la humanidad, a medida que fue detectada y sentida a conciencia, fue plasmada en literatura añeja, inclusive la “Odisea” de Homero está plagada de nostalgia y añoranza, y lo podemos ver en un sinfín de poemas, novelas, cuentos.
Pero en pleno siglo XXI hay una implacable y muy marcada sensación de nostalgia, de lo que ha dejado de ser, para convertirse en una modernidad desechable con miedo a crear lazos fuertes, con responsabilidad afectiva y moral. Las palabras se han vuelto escuetas, líquidas, lo que va creando una necesidad de apoyo y sentimiento verdadero. Todo es más competitivo, hay cero tolerancia a la frustración, lo que también nos hace nostálgicos.
Otro ejemplo melancólico literario fue Gabriel García Márquez, ya que escribía desde la nostalgia de sus recuerdos, uno de los libros que enmarca fielmente este sentimiento es “El Coronel no tiene quien le escriba” (1961): “Los huesos de sus manos estaban forrados por un pellejo lúcido y tenso, manchado de carate como la piel del cuello. Antes de ponerse los botines de charol raspó el barro incrustado en la costura. Su esposa lo vio en ese instante, vestido como el día de su matrimonio. Sólo entonces advirtió cuánto había envejecido su esposo. La mujer lo examinó. Pensó que no. El coronel no parecía un papagayo. Era un hombre árido, de huesos sólidos articulados a tuerca y tornillo. Por la vitalidad de sus ojos no parecía conservado en formol”.
Así como García Márquez, los recuerdos subyacen adoloridos en el cajón más huraño de la mente, los acojo como pinceles que teñirán este lienzo llamado vida con una morriña esencia en su moderno palpitar.
