La antigua nomenclatura de Valladolid
Crónicas del oriente, columna de Leonel Escalante Aguilar: La antigua nomenclatura de Valladolid
Desde los primeros años de su establecimiento definitivo en la antigua Zací de los cupules, la traza urbana de Valladolid respondió al modelo hispano impuesto por los conquistadores y encomenderos del siglo XVI. Como en la mayoría de las ciudades fundadas por los españoles, el diseño siguió el clásico damero: calles rectas que se cruzaban en ángulo recto, organizadas a partir de una plaza central donde se ubicaron los edificios civiles y religiosos más importantes.
En aquellos tiempos lejanos, la traza de las calles no sólo obedecía a un criterio de orden y control, sino también a una forma de dominio territorial.
Los encomenderos, autoridades civiles y eclesiásticas participaron en la delimitación de solares y caminos, estableciendo los primeros ejes urbanos que con el paso de los siglos se convertirían en las calles tradicionales de la ciudad. La nomenclatura inicial no se basaba en números, como hoy la conocemos, sino en referencias prácticas y cotidianas. Las calles tomaban su nombre de los templos cercanos, de los barrios indígenas, de oficios, de elementos naturales o de hechos relevantes. Así surgieron denominaciones asociadas a San Servacio, Sisal, Santa Ana, Candelaria, San Juan o al convento de San Bernardino de Siena, así como nombres populares que identificaban mercados, caminoso casas principales.
Fue hasta el siglo XIX cuando comenzó a sistematizarse la numeración de las calles, siguiendo una lógica más moderna y administrativa. Este cambio respondió a la necesidad de ordenar el crecimiento urbano, facilitar el cobro de contribuciones, el reparto de correspondencia y la identificación precisa de domicilios. La nueva nomenclatura numérica sustituyó paulatinamente los antiguos nombres, aunque muchos de ellos sobrevivieron en la memoria colectiva y continúan siendo utilizados por los vallisoletanos hasta
nuestros días.
A pesar de la adopción del sistema de números pares y nones, orientado de oriente a poniente y de norte a sur, la antigua nomenclatura no desapareció del todo. Persistió en el habla cotidiana, en los relatos orales y en los documentos históricos, convirtiéndose en una valiosa referencia para comprender la evolución urbana y social de Valladolid.
Según diversas evidencias fotográficas, las placas de nomenclatura —tanto antiguas como actuales— permanecen como silenciosos testigos del paso del tiempo, adheridas a las paredes de las esquinas que nos remiten a antiguos cruzamientos y nos ofrecen referencia de una traza urbana que hoy forma parte de la orientación cotidiana de la población.
Algunas de estas placas, elaboradas en concreto, señalan avenidas y calles que ya no existen o que han caído en desuso, pero que conservan viva la memoria de épocas pasadas. Son vestigios urbanos que narran, sin palabras, la evolución de la ciudad y el modo en que sus habitantes se relacionaron con el espacio, el tránsito y la vida diaria.
Estas inscripciones, muchas veces inadvertidas, constituyen un valioso patrimonio material que conecta el presente con el pasado y nos invita a reconocer en los muros de la ciudad la historia que aún permanece escrita.
Así, la historia de las calles de Valladolid no es sólo un asunto de trazos y números, sino un reflejo del pasado colonial, de las relaciones sociales y de la identidad de una ciudad que ha sabido conservar, entre la modernidad y la tradición, la memoria de sus orígenes.
