El Gran Libro de Yucatán, concurrida presentación en el Olimpo

Crónicas del oriente, columna de Leonel Escalante Aguilar: El Gran Libro de Yucatán, concurrida presentación en el Olimpo

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No fue una tarde cualquiera. El público fue testigo de la presentación de un valioso documento editorial, compilado y coordinado por el arqueólogo Sergio Grosjeán Abimerhi, en el que se expone la riqueza
histórico-geográfica de los 106 municipios que conforman Yucatán.

La tarea fue, sin duda, titánica, pues implicó un minucioso proceso de investigación y recopilación en el que participamos cronistas e historiadores integrantes de la Asociación de Cronistas e Historiadores de Yucatán (ACHDY). El Auditorio Silvio Zavala Vallado, del Centro Cultural Olimpo, nos acogió en una grata tarde de diálogo y reflexión en torno a las experiencias vividas durante este cuidado y prolongado proceso editorial. Las imágenes que acompañan la obra son extraordinarias, fruto de la lente de Jorge Rivas Cantillo, maestro de la fotografía y profesional de amplia y reconocida trayectoria, cuya mirada aporta un valor visual excepcional al contenido del libro.

Bajo la conducción de Yazmín Gaspar, quien fungió como moderadora, y se fue dando paso a los participantes, quienes compartieron algunas de las experiencias desarrolladas en los capítulos dedicados a sus respectivos municipios y localidades. En orden de intervención participaron: Carlos Cosgaya Medina, presidente de la ACHDY y cronista de Valladolid; Miguel Vera Lima, secretario y cronista de Izamal; José Ruiz, tesorero y cronista de Colonia Yucatán; Jorge Rivas Cantillo, el cronista de la lente; Violeta Arana Villalobos, cronista de Muna; Alejandro Aguilar Novelo, cronista de Panabá; Fernando Bautista Buenfil, cronista de Tekax; Jorge Várguez Eb, cronista de Dzidzantún; Leonel Escalante Aguilar, cronista de Valladolid; Jorge Victoria Ojeda, cronista de Mérida, y finalmente Sergio Grosjeán Abimerhi, compilador de la obra.

Durante mi participación señalé que El Gran Libro de Yucatán es mucho más que una simple recopilación de datos sociohistóricos y geográficos: se trata de un documento de enorme valor para comprender lo más significativo y sustantivo de nuestra tierra yucateca. En mi disertación me referí de manera particular a uno de los párrafos más interesantes del apartado dedicado a Valladolid de Iturralde Traconis, específicamente al tema de su toponimia, que nos permite comprender no sólo el origen de su nombre, sino también la profundidad histórica, simbólica y cultural que encierra esta ciudad del oriente yucateco, orgullosamente heredera de múltiples capas de identidad y memoria.

La nominación de la villa de Valladolid, se estableció en honor a la ciudad homónima de Castilla, España, siguiendo la práctica común de los conquistadores de reproducir en el Nuevo Mundo los nombres de importantes ciudades peninsulares. Sobre el origen etimológico del nombre Valladolid existen diversas conjeturas, aunque ninguna cuenta con una evidencia definitiva. Sin embargo, dos hipótesis son las más
aceptadas por la historiografía actual. La primera relaciona el gentilicio vallisoletano con el nombre latino Vallisoletum, utilizado en la Edad Media para designar el área geográfica donde se asienta Valladolid, España.

La segunda hipótesis sostiene que el nombre Valladolid deriva de la contracción de “valle de lid”, en referencia a los enfrentamientos armados que, según las crónicas, sostenían en esa llanura las tribus y clanes prerromanos. Esta interpretación es la que mayor aceptación ha tenido en nuestra península yucateca, quizá por su fuerza simbólica y su carácter épico. Paralelamente, los antiguos mayas de la región conservaron y siguen conservando su propia denominación para la ciudad: Sací, que en lengua maya significa “Gavilán blanco”, nombre ancestral que permanece vivo en la memoria cultural y en el habla cotidiana de muchos habitantes del oriente del estado.

En 1878, por iniciativa del diputado Juan Pío Manzano quien años más tarde sería gobernador de Yucatán, se decretó que los ayuntamientos celebraran sesiones extraordinarias con el propósito de añadir al nombre de cada población el de un personaje célebre. Como resultado, la ciudad fue designada “Valladolid de Juárez”, en honor a Benito Juárez, abogado, político liberal y presidente de México. Posteriormente, por decreto del Congreso del Estado de Yucatán en 1926, el nombre de Valladolid quedó oficialmente ligado al de uno de sus hijos más ilustres: José María Iturralde Traconis, ex gobernador de Yucatán y destacado vallisoletano. Desde entonces, el nombre oficial de la ciudad es “Valladolid de Iturralde Traconis”, denominación que, aunque vigente hasta la actualidad, se utiliza poco, principalmente en documentos y actos de carácter oficial.

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