El antiguo taller del abuelo Jacinto

Crónicas del oriente, columna de Leonel Escalante Aguilar: El antiguo taller del abuelo Jacinto

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Los momentos más luminosos de mi niñez descansan en aquel rincón entrañable de la casa materna: el taller del abuelo Jacinto. Un espacio casi sagrado donde, entre el aroma a metal y el brillo de su sonrisa, encontré el refugio perfecto para aprender de su sabiduría, rebeldía y su auténtica sencillez. A pesar del carácter recio que el tiempo y una infancia difícil le habían trazado, de sus labios brotaban siempre palabras serenas, curtidas por el duro paso de los años.

Verlo trabajar junto a la fragua era verdaderamente fascinante. Observar cómo ablandaba un trozo de hierro en el corazón incandescente de la fragua para moldearlo en una llave o una herramienta; y contemplar, después, la serenidad sobre su rostro al contemplar su obra terminada, tras haberla pulido con ceniza y trapos impregnados de aceite como quien limpia un trofeo.

Para mis ojos de niño, aquel taller era un museo de maravillas olvidadas. Recorrerlo era tropezar con algún trozo de la historia de mi propia ciudad y de la familia misma: un viejo sable perteneciente a quién sabe qué legendario personaje colgaba de un antiguo hamaquero, ennegrecidas carabinas de cacería que los campesinos le confiaban para devolverles la vida, o esas máquinas de coser a las que, sin hacerse esperar, hacía cantar de nuevo, dejándolas listas para las manos bordadoras de los cercanos poblados de la región.

Qué lugar tan profundamente mágico. Allí, a su lado, transcurrieron las horas más felices de mi lejana infancia. Mientras en la casa reinaba el silencio de la siesta vespertina de mis padres, yo trazaba mis tareas escolares sobre sus viejas mesas de madera. A mi alrededor parecían cuidarme jaulas añejas, un fonógrafo en penumbras que ya no sonaba, y un sinfín de latas oxidadas repletas de tuercas, clavos, rondanas y minúsculos engranajes destinados a devolver el aliento a máquinas de escribir, armas y costureros.

Sin embargo, los instantes más sublimes acontecían cuando, con la mirada encendida, me compartía los versos que garabateaba en las hojas usadas de nuestros viejos cuadernos escolares. Era conmovedor escuchar la emoción palpitante en su voz al nombrar a su amada Rita, la hermosa abuela que partió demasiado pronto tras una triste enfermedad. Fueron cientos los poemas nacidos de su penuria y su devoción; cientos de versos de los que aún conservo una buena parte, resguardados como tesoros dentro de una vieja caja de jabones Maja.

Traer a la memoria aquel taller —y al hombre inolvidable que lo habitaba— es aquilatar la inmensidad de su espíritu. En ese santuario del portón de madera y hierros colgados por doquier, cobró nueva vida mi primera bicicleta y tomaron impulso los viejos patines de ruidosas ruedas metálicas. Pero el recuerdo que más emoción me produce es el de la romería de niños y jóvenes que llegaban con sus trompos nuevos de madera, pidiendo al abuelo que les encajara esas puntiagudas púas de acero para que danzaran con fuerza. Qué felicidad tan pura la de ver girar aquellos juguetes impulsados por largas cuerdas de algodón, bailando sobre la banqueta o en el patio de la escuela.

Cuánto le debo al abuelo Jacinto. La templanza de su carácter forjó, sin duda, el mío, regalándome una infancia dichosa cobijada por su amparo y sus consejos. Aquellos años vividos en su taller permanecen intactos en mi memoria como la etapa más hermosa de mi vida: el antiguo taller del abuelo Jacinto, ese inconfundible rincón impregnado de afecto, recuerdos y de una infinita añoranza.

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