La muñeca menor
La muñeca menor: Lecturas
Regresar a un papel en blanco, aún en la virtualidad, supone una serie de vértigos que se posan sobre los ojos y hacen cosquillas a las ideas en un intento de disuasión, o bien, de emoción latente. Y es que todo escritor que se retira del oficio, por las razones que fueren, carga con piedritas en los zapatos que le impiden caminar con calma. Como si cada sedimento mineral le dificultara dar pasos firmes e hiciera un sonido molesto al levantar y asentar los pies; estorban, molestan, urgen a sacarlos. Se trata de ideas en pausa, de párrafos inconclusos y, sobre todo, de un llamado del alma que ya no sabe esperar.
De regreso a este espacio, sacudo las piedras de mis zapatos y en el acto dejo caer y flotar cada palabra acumulada en meses para que continúen su camino, para que lleguen hasta ti.
Como primera lectura, abrazamos una historia cálida, fantástica; de esas que no piden permiso y se sientan a tu lado para contar cosas, para grabarse en tu imaginación y plantar recuerdos. Se trata del cuento “La muñeca menor” de la autora puertorriqueña Rosario Ferré.
Una tía, que bien podría ser la tía de todos, aquella que nunca se casó, aquella que se quedó siendo tía, nunca en soledad y siempre en compañía, nadaba en un río cuando sintió un dolor punzante en su pantorrilla. Una mordida, un ataque. ¿Serpiente de mar? ¿Pez venenoso? ¿Parásito agresivo? Ninguno de los anteriores; una chágara. Un pequeño crustáceo con antenas.
El dolor fue insoportable y la llaga, bajo supervisión médica, tardaba mucho en sanar. O más bien, nunca sanó. La chágara hizo hogar en la tía, recorrió cada espacio disponible de su pantorrilla y aprendió a nadar en el torrente de su sangre. La inflamación que su presencia significaba fue enorme, dolorosa, deformadora y aromatizada: olía a guayaba. En su soledad, la tía se dedicó al arte de hacer muñecas para sus sobrinas. Las muñecas, preciosas y finas, alcanzaban el tamaño de cada una de ellas en cada año que cumplían.
En las sobrinas dejaba un poco de sí y un poco de la chágara, desde su inmovilidad y su propósito. Los años pasaban y la única situación que cambió en su vida fue quedarse sin sobrinas y por ende sin muñecas por hacer. La última muñeca, puente y cierre entre la tía y la sobrina, fue víctima de robo, de desmembramiento paulatino; era demasiado valiosa. ¿Su nuevo hogar? El cuerpo de la sobrina, humanamente inerte, moviéndose a través de una vitalidad prestada gracias a la mudanza de la chágara.
