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Uno de los relatos más difundidos en El Salvador y conocido dentro de la tradición oral campesina es el mito de la Siguanaba, así lo escribió Rose Marie Galindo. Ella cita a Miguel Ángel Espino, quien la describe como una princesa india castigada por el dios Tláloc por haber renegado de sus deberes maternales y domésticos; además, fue convertida en una mujer deforme que asusta a los hombres cerca de los ríos.

En una monografía de la comunidad de Santa Ana se dice que la Siguanaba tiene un aspecto de mujer bonita y sale al paso de los hombres que andan por los caminos ya entrada la noche. Ella los atrae llamándolos y cuando ellos se acercan para cortejarla se quedan mudos. La Siguanaba desaparece riéndose a carcajadas.

En otras regiones de Mesoamérica también hay referencias sobre la Siguanaba. Sara Blaffer comenta en su libro “The Black Man of Zinacantan” que en Chiapas la Siguanaba es mitad culebra, mitad mujer o un demonio que se hace presente como la novia. Tiene el cabello largo y viste de blanco. Aunque puede ser descrita como muy bonita o muy fea, también se dice que su cara permanece escondida. Se le asocia con el agua de los ríos y deposita a sus víctimas en la orilla.

De acuerdo con la versión chortí, etnia maya guatemalteca, el hombre que ella seduce se vuelve loco. Se lleva a los niños para devolverlos locos. Busca a los borrachos para hacerlos sus víctimas. En Agua Escondida, sirena es lo mismo que Siguanaba.

En Panamá, Siguanaba recibe el nombre de Tulevieja y es un espíritu malo que adopta diversas formas de animales, pero especialmente aves. Su cara es fea, como un colador porque los pájaros la picaban de noche. Tiene enormes pechos, una cabellera larga que cubre su cara y le llega a la cintura. La tradición oral le asigna un pie de gallo y otro de niño, apuntando uno de ellos hacia atrás. Siguanaba aún vaga de noche en los desfiladeros buscando a su hijo. Todavía sufre y llora; esto nunca acabará porque está maldita. Se dice que ella misma fue mala, pues abortó o ahogó a su hijo. Fue a confesarse y se le puso una condición imposible para absolverla: encontrar a su hijo.

Rose Marie Galindo plantea que la Siguanaba de El Salvador, y probablemente en toda Sudamérica, es una creencia indígena basada en una diosa prehispánica cuya identidad es desconocida y que la estructura del mito actual se ha ido configurando en el proceso de aculturación sufrido por los pueblos a raíz de la conquista, pero manteniendo su raíz prehispánica, concluye Galindo.

El mito que describe Rose Marie Galindo se aproxima a la Xtabay de Yucatán y a la Llorona mexicana, pero en el contexto cultural salvadoreño toma sus propias características.

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