Salvemos una Vida: Navidad entre historia, ciencia y espiritualidad

En México, el primer árbol lo introdujo el emperador Maximiliano en el Castillo de Chapultepec, desde donde la tradición se difundió, explicó el astrónomo Marte Trejo

|
En el programa Salvemos una Vida, Esperanza Nieto entrevistó al historiador y astrónomo Marte Trejo
Compartir noticia en twitter
Compartir noticia en facebook
Compartir noticia por whatsapp
Compartir noticia por Telegram
Compartir noticia en twitter
Compartir noticia en facebook
Compartir noticia por whatsapp
Compartir noticia por Telegram

En el programa Salvemos una Vida, Esperanza Nieto abrió con un mensaje luminoso: cada amanecer es prueba de que vivir es un milagro, incluso si el cielo está gris. Recordó que todo problema tiene solución, que siempre existe ayuda —incluso en su línea 24/7— y que en estas fechas la humanidad se vuelve más amable, más ligera, más amorosa.

Con esa calidez recibió a su invitado, Marte Trejo, historiador, astrónomo, autor de 11 libros y egresado de la UNAM, un hombre que entiende el cielo y la Tierra con la misma profundidad. Con él emprendió un viaje al origen de las tradiciones navideñas.

Marte explicó que mucho antes del cristianismo, las culturas europeas celebraban el solsticio de invierno, el renacer simbólico de la luz. De ahí nació el árbol como símbolo de vida, especialmente entre los pueblos germánicos y vikingos. Al cristianizarse, conservaron el pino, lo adornaron con manzanas recordando a Adán y Eva y colocaron velas que más tarde se transformaron en foquitos. En México, el primer árbol lo introdujo Maximiliano en el Castillo de Chapultepec, desde donde la tradición se difundió.

También narró la travesía de los Reyes Magos, sabios astrónomos que siguieron una estrella —posiblemente una brillante conjunción planetaria— hasta Belén. Su viaje, movido por la fe, certificó el
nacimiento de Jesús. Paralelamente, recordó que los mexicas también celebraban el nacimiento del Sol en esta época, representado por Huitzilopochtli, “el sol colibrí”, porque el astro parecía detenerse y renacer el 25 de diciembre.

El nacimiento que hoy colocamos en casa tuvo su impulso formal con San Francisco de Asís, aunque desde el siglo III los cristianos ya lo representaban en secreto. 

Y entonces llegó Santa Claus. El investigador explicó que su origen está en San Nicolás de Mira, un obispo del siglo IV conocido por su generosidad con los niños y los más necesitados. Se le atribuían milagros y obras de caridad silenciosa: dejaba monedas en ventanas, rescataba a quienes sufrían injusticias y protegía a marineros y viajeros. Su fama lo convirtió en uno de los santos más queridos de Europa.

Con el paso de los siglos, su nombre cambió según cada región: Sinterklaas en Holanda, Saint Nicholas en Francia, hasta convertirse en Santa Claus cuando los inmigrantes holandeses llevaron la tradición a
Nueva York. La literatura del siglo XIX lo transformó en un personaje alegre y bonachón; más tarde, la publicidad estadounidense lo vistió de rojo y le dio un hogar en el Polo Norte, un taller con duendes y un trineo mágico, convirtiéndolo en el símbolo moderno de la generosidad navideña.

Esperanza y Marte recordaron que, detrás de árboles, nacimientos, reyes y Santa Claus, hay una esencia común: la fe, esa voz interior que nos recuerda que no estamos solos. “Entren en silencio —decía Esperanza— y agradecerán estar vivos. Ahí, en ese espacio interior, se siente a Dios”.

Lo más leído

skeleton





skeleton