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En México, el sistema de salud pública vive una paradoja inquietante, ya que cuenta con profesionales altamente capacitados, muchos de ellos formados en instituciones de excelencia, pero opera dentro de estructuras que, en múltiples niveles, muestran signos claros de desgaste, deshumanización y deterioro institucional. Más allá de las limitaciones presupuestales o logísticas, existe un fenómeno menos visible pero profundamente influyente: la decadencia progresiva del servidor público en salud acompañada de complejos psicosociales que afectan su desempeño, su trato con el paciente y su sentido de misión, quedando a manera de analogía, atrapados en “castillo con anquilosis” medieval.

Históricamente, el ejercicio de la medicina en el sector público se ha sostenido sobre pilares como la vocación de servicio, la empatía y el compromiso social. Sin embargo, con el paso del tiempo, estos valores han sido erosionados por condiciones adversas: sobrecarga laboral, burocracia excesiva, salarios percibidos como insuficientes y una constante presión administrativa que desplaza el enfoque clínico hacia el cumplimiento de indicadores.

El resultado es un fenómeno de “despersonalización profesional”; el médico, enfermero o trabajador de la salud deja de verse como agente de cambio y comienza a percibirse como una pieza más dentro de una maquinaria ineficiente. Este proceso no es inmediato, sino acumulativo, y suele manifestarse en actitudes de indiferencia, mecanización del acto médico y pérdida de sensibilidad ante el sufrimiento humano.

Dentro de este contexto emergen con frecuencia dos perfiles psicológicos aparentemente opuestos pero íntimamente relacionados: a) el complejo de inferioridad institucional, dentro del cual muchos servidores públicos se sienten menos frente al sector privado, condicionándoles inseguridad clínica, con actitud defensiva ante la crítica; por otro lado tenemos: b) el complejo de superioridad compensatorio, actuando de forma autoritaria, distante o incluso humillante hacia los pacientes.

Ambos extremos comparten un origen común: la disonancia entre la formación académica del profesional y las condiciones reales en las que ejerce, ya viendo cómo estamos alcanzando la institucionalización de la mediocridad. Cuando la ineficiencia se vuelve cotidiana, se pierde la capacidad crítica interna. Sin duda, el paciente es el receptor final de esta crisis. La percepción de maltrato, indiferencia o negligencia en los servicios públicos no siempre obedece a incompetencia técnica, sino a un sistema que ha desgastado emocionalmente a sus operadores. En regiones como Yucatán, donde las enfermedades crónicas y las limitaciones socioeconómicas exigen una atención integral y humanizada, este deterioro adquiere mayor relevancia. La confianza en el sistema de salud no sólo depende de la infraestructura, sino del vínculo humano que se establece en cada consulta.

Pero ¿cómo revertir la decadencia? Propongo que con: a) incrementos presupuestales; b) revalorización del servidor público; c) comunicación efectiva, empatía y manejo del estrés; d) liderazgo institucional con rescate del servicio profesional de carrera (no improvisados); e) privilegiar la calidad sobre la cantidad, y urge recobrar el respeto sin canibalismo médico, amén de trato digno.

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