Alianza opositora, ineludible

Después de meses de decir que cada partido caminaría por su lado, el PRI y el PAN volvieron a sentarse a la mesa....

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Después de meses de decir que cada partido caminaría por su lado, el PRI y el PAN volvieron a sentarse a la mesa. Y cuando Vicente Fox aparece en la sede nacional del PRI para reunirse con Alejandro Moreno, “Alito”, el mensaje político difícilmente puede pasar desapercibido.

El discurso de las candidaturas en solitario comienza a hacerse a un lado frente a una realidad mucho más incómoda, por separados, PRI, PAN y Movimiento Ciudadano pueden terminar dividiendo el voto opositor y facilitarle todavía más las cosas a Morena y aliados.

Por eso ya se habla nuevamente de alianzas. Jorge Romero, dirigente nacional del PAN, abrió la puerta a construir acuerdos con otras fuerzas políticas bajo el argumento de frenar el avance de Morena. En varios estados, militantes y liderazgos panistas han presionado para que el partido no se suicide electoralmente compitiendo solo.

Y Quintana Roo no será la excepción. Aquí también comienza a tomar forma la idea de una gran alianza opositora rumbo a 2027. Leslie Hendricks Rubio ya se pronunció a favor de sumar al PRI, PAN y Movimiento Ciudadano, pero también lanzó un mensaje que debería ser el centro de cualquier negociación: poner el futuro de Quintana Roo por encima de los intereses particulares de los partidos.

Porque ahí está precisamente el problema. Una alianza no puede convertirse simplemente en una repartición anticipada de candidaturas, posiciones y cuotas de poder. Si eso ocurre, será otra alianza de dirigentes, pero no necesariamente una alianza con los ciudadanos. 

Y tampoco hay que perder de vista que dentro del PAN quintanarroense existen voces que todavía consideran conveniente competir con candidatos propios, particularmente en municipios donde creen que el partido puede conservar identidad y fuerza electoral, como Playa del Carmen, donde Lilí Campos demostró que el PAN puede.

Pero la discusión apenas comienza, porque si las tendencias actuales se mantienen, 2027 podría terminar reduciendo la contienda a dos grandes bloques: de un lado, Morena con sus aliados del PT y el Partido Verde; del otro, una oposición integrada por PAN, PRI y eventualmente Movimiento Ciudadano.

El problema para la oposición es que sumar logotipos no significa automáticamente sumar votos. Y aquí Morena parte con una ventaja considerable porque su maquinaria funciona a más de mil kilómetros por hora.

Tiene estructura territorial copiada del viejo priismo, gobiernos excéntricos, presencia institucional y una base electoral que los partidos opositores no pueden darse el lujo de subestimar.

A eso se agregan los cuestionamientos que distintos actores han planteado sobre el uso político de programas sociales, recursos públicos y la utilización de estructuras gubernamentales con fines electorales, como es el caso concreto de la Secretaría de las Mujeres, que encabeza Esther Burgos Jiménez.

Son señalamientos que deben ser investigados y acreditados por las autoridades correspondientes, pero que forman parte del debate político que inevitablemente llegará a 2027.

Por eso la oposición tiene un problema mucho más grande que decidir quién encabezará una candidatura. Tiene que demostrar que puede construir una alternativa.

Porque si la alianza solamente sirve para juntar a quienes alguna vez fueron adversarios, el ciudadano podría preguntarse con toda razón: ¿y qué ofrecen distinto?

Morena puede tener una ventaja enorme, tan enorme que llega hasta las nubes, pero también tiene una responsabilidad: gobernar y rendir cuentas y no sólo cuando la nación y el mundo exigen explicaciones. Y la oposición, si realmente quiere competir, tiene otra todavía mayor: convencer a los ciudadanos de que existe una opción capaz de hacer las cosas de manera diferente, con los pies bien puestos sobre la tierra.

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