Cancún a sus 56 años

Cancún cumple 56 años, y más que una celebración, la fecha debería ser una pausa incómoda, una mirada al espejo que no siempre queremos enfrentar, porque si bien...

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Cancún cumple 56 años, y más que una celebración, la fecha debería ser una pausa incómoda, una mirada al espejo que no siempre queremos enfrentar, porque si bien es cierto que la ciudad es un caso de éxito turístico a nivel mundial, también lo es que ese éxito se ha construido con profundas desigualdades, omisiones históricas y una planeación que, desde hace tiempo, dejó de estar a la altura de su propio crecimiento.

Cancún nació como un proyecto de Estado, cuidadosamente diseñado para detonar desarrollo en una región prácticamente virgen. Durante sus primeros años, el orden urbano, la visión a largo plazo y la inversión estratégica marcaron el rumbo.

Pero algo se rompió en el camino.

La ciudad creció, sí, pero creció desbordada, sin control, sin servicios suficientes y, sobre todo, sin una verdadera prioridad por quienes la habitan y la sostienen todos los días.

Hoy, a 56 años de distancia, Cancún es una ciudad de contrastes brutales. Por un lado, la zona hotelera presume lujo, modernidad y estándares internacionales; por el otro, miles de trabajadores viven en colonias con calles sin pavimentar, transporte público deficiente y servicios básicos que no siempre están garantizados. La brecha entre el Cancún que se vende al mundo y el Cancún real es cada vez más evidente.

El transporte público, por ejemplo, sigue siendo uno de los grandes pendientes. Un sistema rebasado, incómodo y, en muchos casos, indigno. Un servicio que obliga a la gente a trasladarse en condiciones que poco tienen que ver con una ciudad que genera miles de millones de dólares al año. ¿Cómo se explica que una de las principales potencias turísticas de América Latina no pueda garantizar traslados seguros y humanos para su población?

La seguridad es otro de los temas que ensombrecen cualquier celebración. Si bien ha habido esfuerzos recientes por contener la violencia, Cancún ha cargado durante años con el peso de decisiones pasadas que permitieron la entrada de grupos delictivos. La ciudad creció más rápido que sus instituciones, y ese desfase sigue pasando factura.

A esto se suma el problema de la vivienda. El acceso a un hogar digno se ha convertido en un reto para miles de familias. Fraccionamientos alejados, mal planeados y desconectados del resto de la ciudad son parte de un modelo que privilegió la expansión sobre la calidad de vida. Cancún se extendió, pero no necesariamente mejoró.

Y, sin embargo, la ciudad sigue de pie. Sostenida por su gente. Por quienes madrugan todos los días para trabajar en hoteles, restaurantes, comercios y servicios que mantienen viva la maquinaria turística. Son ellos quienes realmente cumplen años con Cancún, quienes han construido su identidad y quienes merecen mucho más que discursos conmemorativos.

El 56 aniversario debería servir para algo más que cortar listones o repetir cifras de éxito. Debería ser el punto de partida para corregir el rumbo. Para entender que el crecimiento sin orden ya no es opción. Que la desigualdad no puede seguir normalizándose. Que el desarrollo debe medirse no solo en ocupación hotelera, sino en calidad de vida.

Cancún no necesita más celebraciones vacías. Necesita decisiones valientes. Planeación real. Inversión en lo que durante años se dejó de lado: transporte, seguridad, servicios, vivienda. Necesita, en pocas palabras, reconciliarse con su propia gente.

Porque una ciudad no se define por sus playas ni por sus hoteles, sino por la dignidad con la que viven quienes la habitan. Y en eso, a 56 años de su fundación, Cancún todavía tiene mucho que resolver.

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