Estudio revela “modus operandi” de los incendios forestales en Q. Roo
Los incendios en Quintana Roo están estrechamente vinculados con actividades humanas, cambios en el uso del suelo y procesos de degradación ambiental.
Un estudio científico revela que los incendios forestales al sur de la Península de Yucatán no son eventos aislados ni impredecibles, se concentran en zonas agropecuarias, siguen patrones estacionales, relacionados con el manejo del territorio.
La investigación, desarrollada en el Área de Importancia para la Conservación de las Aves 197 (AICA-197), una extensa región ecológica que conecta zonas protegidas entre Quintana Roo y Campeche, analizó incendios ocurridos entre 2012 y 2021.
Los resultados del estudio elaborado por José Francisco López Toledo, del Instituto Tecnológico de la Zona Maya; José Manuel Camacho Sanabria y Rosalía Chávez Alvarado, de la Universidad Autónoma del Estado de Quintana Roo (Uqroo) y Juan Carlos Alcérreca Huerta y Pedro Antonio Macario Mendoza, de El Colegio de la Frontera Sur (Ecosur), muestra que el fuego está estrechamente vinculado con actividades humanas, cambios en el uso del suelo y procesos de degradación ambiental.
Identificó patrones claros sobre dónde, cuándo y por qué ocurren, revelando que algunas comunidades ejidales enfrentan una presión mucho mayor por el fuego que otras.
En la década analizada se registraron más de 800 incendios forestales mayores a cuatro hectáreas, afectando cerca de 60 mil hectáreas, equivalentes a aproximadamente un 9% del territorio estudiado. Aunque muchos incendios fueron de pequeña escala, algunos superaron las dos mil hectáreas, con impactos importantes en la vegetación y estructura del paisaje.
Zonas críticas por incendios forestales en Quintana Roo
Uno de los hallazgos más relevantes fue la identificación de “zonas críticas” de incendios. Ejidos como Río Verde, Altos de Sevilla, Nuevo Tabasco y Chun Ek presentaron alta recurrencia y extensión de incendios, asociados principalmente con actividades agropecuarias y con áreas degradadas dominadas por el helecho Pteridium aquilinum, una especie invasora que favorece la propagación del fuego.
En contraste, comunidades con programas de manejo forestal y organización local mostraron niveles mucho menores de afectación. Ejidos como Noh Bec, Petcacab y Laguna Om registraron menor recurrencia de incendios, lo que sugiere que la gestión comunitaria del territorio puede reducir significativamente la vulnerabilidad frente al fuego.
También detectó una fuerte estacionalidad: más del 80% de los incendios ocurren entre marzo y mayo, durante la temporada seca. Mayo fue identificado como el mes más crítico, coincidiendo con altas temperaturas, escasa humedad y prácticas agrícolas que utilizan el fuego como herramienta de manejo.
Para comprender esta dinámica, los investigadores desarrollaron un Índice Espacio Temporal de Incendios Forestales (Ietif), una herramienta que integra variables como extensión, frecuencia, recurrencia y estacionalidad.
Este índice permite clasificar los ejidos según su nivel de presión por incendios y detectar áreas prioritarias para la prevención.
Más allá del diagnóstico, la investigación plantea que el problema no puede resolverse únicamente apagando incendios. Los autores proponen avanzar hacia un enfoque de Manejo Integral del Fuego, que considere tanto las causas sociales como los efectos ecológicos.
Entre las principales alternativas destacan fortalecer el manejo forestal comunitario, especialmente en ejidos donde la organización local ha demostrado ser efectiva para reducir incendios. También se propone regular y acompañar las quemas agropecuarias mediante capacitación técnica, evitando que se conviertan en incendios fuera de control.
Otra recomendación es implementar sistemas regionales de alerta temprana apoyados por imágenes satelitales, drones y monitoreo de puntos de calor, con el objetivo de detectar incendios en etapas iniciales y reducir tiempos de respuesta.
Además, priorizar acciones en zonas críticas identificadas por el índice, mediante brigadas comunitarias, vigilancia estacional y proyectos de restauración ecológica. Estas medidas podrían incluir reforestación con especies nativas resistentes al fuego, recuperación de áreas degradadas y control de especies altamente inflamables como Pteridium aquilinum.
Destaca la importancia de fortalecer la gobernanza local mediante comités comunitarios de manejo del fuego, capaces de coordinar acciones preventivas, monitoreo y aplicación de normas relacionadas con el uso del fuego en actividades productivas.
Los autores plantean que los incendios forestales deben entenderse como un fenómeno socio ecológico: no dependen únicamente del clima, sino también de cómo se utiliza y organiza el territorio. En regiones tropicales como el sur de la Península de Yucatán, conocer los patrones del fuego puede marcar la diferencia entre conservar los ecosistemas o acelerar su degradación.
La investigación concluye que la prevención requiere integrar ciencia, planificación territorial y participación comunitaria para construir paisajes más resilientes frente al fuego y al cambio climático.
