IA: cuando el prompt se vuelve más importante que la obra
En días recientes me he descubierto encantado en algo que, paradójicamente, muchos considerarían libertad creativa: el uso de la inteligencia artificial...
En días recientes me he descubierto encantado en algo que, paradójicamente, muchos considerarían libertad creativa: el uso de la inteligencia artificial. No en el sentido obvio —pedirle un texto, una imagen o una idea—, sino en algo más sutil y quizá más inquietante: el proceso mental que implica trabajar con ella.
Para muchos, la IA es un generador. Un botón mágico. Un atajo. Se mide su encanto por lo que entrega y la rapidez con la que lo hace. De ahí que se le etiquete como adicción, distracción o simple entretenimiento. Pero en mi caso, el atractivo no está en el resultado, sino en la forma de llegar a él. En cómo se le habla, cómo se le pide, cómo se le conduce hasta una imagen o una idea que no puede decirlo todo, pero debe sugerirlo casi todo.
Trabajo con IA para generar imágenes que acompañan relatos. Y ahí es donde el asunto se vuelve intelectualmente fascinante… y peligrosamente absorbente. Porque no basta con describir lo que quiero ver: hay que pensar cómo traducir una intención narrativa en un prompt, cómo insinuar lo que la plataforma no tiene aún capacidad de mostrar (como sentimientos), cómo hacer que una imagen cuente aspectos de la historia que no fueron tomando en cuenta para ilustrarse. Es un ejercicio creativo real, exigente, casi artesanal. Y también un pozo sin fondo.
Uno ajusta palabras, prueba variaciones, corrige matices, afina conceptos. Corre una versión más. Y otra. Y otra. Hasta que, sin darse cuenta, el acto creativo ya no es escribir o narrar, sino dialogar con la máquina. No para que piense por uno, sino para lograr que entienda lo que uno aún no termina de ordenar en su cabeza.
Ahí es donde la IA deja de ser herramienta y se convierte en espejo. Porque el problema no es la plataforma ni su supuesto “encanto oculto”. El problema es nuestra mente, siempre dispuesta a obsesionarse con el proceso, a confundir perfeccionamiento con avance, a reemplazar el objetivo por la mecánica. La IA no roba tiempo: se lo entregamos encantados cuando creemos que un ajuste más será el definitivo.
Tal vez por eso conviene replantear cómo miramos a la inteligencia artificial. No como un escape fácil ni como una amenaza creativa, sino como una herramienta que exige algo poco común en el mundo digital: conciencia. Saber cuándo usarla, cuándo detenerse y, sobre todo, recordar que el valor no está en lo que genera, sino en lo que nosotros decidimos hacer con ello.
Al final, el mayor poder —y el mayor riesgo— de la IA no está en su código, sino en nuestra propia capacidad de perdernos en él.
