Pareja inolvidable

Hay asociaciones artísticas que parecen destinadas a ocurrir. Lennon y McCartney, Rodgers y Hammerstein, Esperón y Cortázar…

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Hay asociaciones artísticas que parecen destinadas a ocurrir. Lennon y McCartney, Rodgers y Hammerstein, Esperón y Cortázar… y, desde luego, Burt Bacharach y Hal David, dos auténticos monstruos de la industria musical que demostraron durante las décadas de los 60 y 70 que una canción podía ser sofisticada, elegante, armónicamente interesante y, al mismo tiempo, absolutamente popular.

La fórmula parecía sencilla, pero estaba muy lejos de serlo: Bacharach construía la música y David encontraba las palabras. Bacharach hacía modulaciones inesperadas, compases irregulares, cambios de acentuación, armonías provenientes del jazz y una orquestación exquisita que convivían dentro de canciones que el público terminaba tarareando como si fueran sencillas.

David, escribía letras directas, humanas, cotidianas; hablaba del amor, la pérdida, la esperanza y la vulnerabilidad sin necesidad de convertir cada canción en un tratado filosófico. Y entonces apareció una intérprete fundamental: Dionne Warwick. Su voz se convirtió quizá en el instrumento perfecto para aquel extraordinario laboratorio creativo. I Say a Little Prayer, Do You Know the Way to San José o I'll Never Fall in Love Again” son solamente una pequeña muestra de una colaboración que ayudó a construir una de las carreras más importantes de la música popular estadounidense.

Compusieron para: Dusty Springfield, Tom Jones, B. J. Thomas, The Carpenters, Jackie DeShannon y Herb Alpert, entre muchos otros, llevaron sus composiciones a públicos enormes. “What the World Needs Now Is Love”, “The Look of Love” o la oscarizada “Raindrops Keep Fallin' on My Head” terminaron formando parte de la memoria musical de varias generaciones.

Lo extraordinario es que nunca necesitaron sacrificar calidad para conseguir popularidad. Ahí está quizá su enseñanza más importante para la industria actual: lo comercial no tiene por qué ser mediocre y lo sofisticado no tiene por qué ser inaccesible.

Bacharach sabía que el oído del público podía aceptar mucho más de lo que algunos productores suponían. Hal David sabía que una buena letra no necesita palabras rebuscadas para ser profunda. Entre ambos construyeron verdaderas pequeñas obras maestras de tres minutos.

Porque las modas envejecen. Las buenas canciones, no.

Hasta próxima semana.

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