Septiembre: entre la vulnerabilidad y la supervivencia

Hay coincidencias de vida que marcaron al país dejando una huella que permanece en la memoria de los mexicanos como una dolorosa herida...

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Hay coincidencias de vida que marcaron al país dejando una huella que permanece en la memoria de los mexicanos como una dolorosa herida que palpita cada vez que comienza septiembre. El 19 de septiembre de 1985, cuando el amanecer pintaba el cielo de colores cálidos, a las 7:19 la Tierra crujió y dejó sentir todo su poderío. Con magnitud 8.1 en la escala de Richter, la tierra no solo tembló: se sacudió, brincó y el balanceo permaneció cerca de 3 a 4 minutos, según documentó la UNAM.

Pero los que estuvimos presentes damos fe, que esos minutos fueron eternos. El corazón de la capital quedó destruido, nuestra Ciudad de México quedó hecha escombros, y cientos de familias bajo las ruinas, miles de vidas quedaron enterradas. Y ahí, cuando el polvo llenó la ciudad y la muerte se sentía a cada paso, nació del corazón de la tragedia uno de los mayores símbolos de aquellos días: el pueblo se solidarizó, y salió a las calles cargando su empatía como quien usa las manos para remover piedras y cuanto hubiera en el camino para sacar de los escombros a la gente que aún permanecía viva. Sí, tender la mano cuando parecía todo perdido nos hizo más fuertes como país y como seres humanos.

Por otro lado, tres años después, la naturaleza retomó su destructiva esencia y se vino aposentar nuevamente en el país, pero esta vez con el devastador poder de un huracán de magnitud 5 en la escala Saffir-Simpson, el 14 de septiembre de 1988. Este fue Gilberto, un huracán que alcanzó la máxima escala, convirtiéndose en uno de los huracanes más potentes registrados en el Atlántico. Gilberto no distinguió fronteras ni comunidades, a su paso por la Península de Yucatán dejó una estela de destrucción que alcanzó a Cancún, Cozumel, Isla Mujeres, Puerto Morelos y Playa del Carmen, en Quintana Roo; mientras que en Yucatán la tragedia no cambió el rostro, poblaciones como Tizimín, Colonia Yucatán, El Cuyo, Progreso, Telchac Puerto, y Chicxulub sintieron la fuerza descomunal de los vientos huracanados de Gilberto. La costa cambió irremediablemente su paisaje, miles de viviendas dañadas y comunidades enteras incomunicadas.

Es verdad que no podemos detener a la naturaleza. No podemos impedir que la tierra tiemble o pedirle al viento que deje de soplar con arrolladora fuerza. Lo que sí podemos hacer es cambiar la manera en que enfrentamos los distintos eventos naturales. La prevención salva vidas. Estar informados, atender las alertas, respetar los protocolos y aprender de las tragedias del pasado puede hacer la diferencia entre la vulnerabilidad y la supervivencia. 

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